La víbora

    19 may 2024 / 09:44 H.
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    No deja de moverse de forma agresiva mientras le azuza con una rama de pino sin ser consciente del peligro que le acecha. Al fin y al cabo solo es un niño. Por fin consigue que el bicho se enrede en el tronco y corre contento a enseñarle la captura a su abuelo cercano al lugar. El hombre sabe con lo que juega el niño, le arranca la vara y la tira lejos a lo hondo del barranco. El niño, asustado, rompe a llorar por no entender la pérdida de su pequeña mascota de aquella mañana. Cincuenta años más tarde el niño pasó por el mismo sitio de manera casual. Sentado en la piedra de su abuelo comenzó a recordar cómo aquel hombre le había advertido del peligro que correría si insistía en jugar con las víboras. Poco o nada sabía de aquellos bellos animales que se enrocaban en las ramas a la espera del mordisco fatal. De ojos brillantes y lomos engalanados en colores y zigzag, se mueven rápidamente de un romero a otro o se esconden detrás de un tomillo. Nada hace presagiar los dolorosos desenlaces que provocan al incauto o ignorante, pues la belleza de sus movimientos les deja encantados. El niño de más de cincuenta años cerró los ojos tratando de escuchar algún ruido por debajo de las pinochas y los romeros. Solo silencio y viento gimiendo. Se puso en pie como pudo y recordó las palabras de su abuelo: hijo, tranquilo, encontrarás muchas en la vida, esta solo es la primera.


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