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La viajera

Eran esas noches de insomnio el preludio de una gran aventura, la aventura del viaje. El trayecto a la capital se convertía en una exploración novelesca digna de Julio Verne al módico precio de unas pesetas y la rotura de un billete rosa con seguro obligatorio concertado. Más tarde la infantil ilusión se convirtió en tortura adolescente cuando las palmadas en la cara para ir a estudiar eran pesadilla invernal. ¡Vas a perder la viajera! nos decía mi madre en las noches de escarcha cuando la amanecida era la promesa de un sueño adherido al vaho de una ventana. Al llegar a la parada nos esperaba el chófer, Pepe Miranda, haciendo chascarrillo de la vida, recitando poemas de amor y humor de los que decía eran versos de Campoamor. Así pasaron los días de pereza mañanera y cansancio vespertino de tablas de elementos y declinaciones, historias de civilizaciones y estudios empíricos de lenguas muertas y labios resucitados. Hubo que elegir ser chavea o zagal, estudiante o gañán y al final serlo todo resultó la única posibilidad. Hoy no veo el autobús blanquiazul de ayer que ha dejado de recorrer esa carretera que ya solo está en la memoria. Gracias Montijano por haber sido 53 años ese blues del autobús que fue nuestra “viajera”.