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La vía urgente

Otra vez. Otra vez ese escalofrío funesto de la vulnerabilidad. Del azar que une sus conexiones en las grandes tragedias de un país moderno. De la pena que sacude la sensación de que esa mujer que deambula por las vías de un lugar remoto podías ser tú, podía ser alguien que esperabas en la estación de destino. Alguien al que mandaste un mensaje de gratitud por acogerte en casa en unos días inolvidables por la gran ciudad, reconstruyendo afectos, poniendo fecha para el siguiente encuentro. El dolor ajeno penetrando con zapatillas de casa en nuestra rutina, la muerte descalza elevándose entre la madre de todas las cifras con el martillo blanco de una flor inasumible.

Otra vez. Otra vez la cerámica rota del recuerdo para muchas y muchos hijos de esta tierra de sueños baldíos que dejaron en el tren las horas frutales de un continuo retorno. Cantinela de viernes, resaca de domingo. La compañía del viaje con quienes fueron amigos fugaces de esa niebla emocional donde los seres abren ante la empatía de otro ángel de paso su carpeta de asuntos, el carey de sus miedos, la aventura difícil de ese tiempo que nos tuvo de acá para allá sin más objetivo que sobrevivir al mañana. La espera del trasbordo. La belleza nevada de Despeñaperros en la tarde blanca de los ciervos que bajaban a las vías, alertándonos tal vez del temporal helado hacia donde años más tarde nos acabaríamos adentrando.

Otra vez. Otra vez los días de luto. Los que viven de la carroña para dar alimento a su farsa. Otra vez esa maldita sensación de sentirnos zarandeados por quienes han degradado la política al espectáculo demagógico de la brillantez dialéctica, del cinismo cainita, de la falta de escrúpulos. La devaluación democrática que padecemos afecta gravemente al crédito de nuestros políticos y todos tenemos una cuota de responsabilidad al convertirnos en sus “hooligans” incondicionales. Hemos aceptado la papeleta de odio con que se nos permite el juego, pero no exigimos un acta común de responsabilidades básicas con las que nuestros servidores públicos deben estar a la altura y dejar de tomarnos por estúpidos e ignorantes. Pasó con lo de Mazón en aquel reservado, mientras cientos de valencianos se ahogaban en medio de sus rutinas. Ha pasado con VOX, que en cuanto gozó de responsabilidad en las instituciones, se arrogó el dispendio del erario común para organizarle una cena a gente chic cerrando las calles de Sevilla, mientras la sanidad andaluza sigue desangrándose en largas listas de espera. Con la argucia del ático comprado en secreto por la Comunidad de Madrid, mientras apenas contaba con recursos precarios contra el devastador incendio de Ávila. Ahora nos pasa con la insostenible posición del ministro Óscar Puente, a quien su condición de agitador de la troupe socialista le perseguirá con el desafortunado sketch en el que frivolizaba hace días con el estado de la red ferroviaria en un programa de humor televisivo. Pasa con lo de Irene, lo de Rufián, lo de Colau.

Otra vez. Otra vez la sensación de que todos llevamos un poco de razón ante la insostenible falta de credibilidad del argumentario partidista y la urgente necesidad de reencontrarnos en lo que nos une frente a la calculada división demoscópica del nosotros. Todos somos un poco responsables de nuestra precariedad democrática si, como en un partido de tenis, nos conformamos con quien le atice a la bola dialéctica del vosotros con menos clase y no se dedique a resolver los problemas y retos de un periodo civil tan convulso y decisivo.