Powered by
HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

La suerte suprema

Hay dos suertes de la lidia que, desgraciadamente, se están devaluando: la de varas y la de matar, también llamada “suerte suprema”. La falsa sensibilidad puesta de moda por los llamados animalistas, y el triunfalismo torerista —alentado por los propios “taurinos”— están fomentando una manera superficial de mirar lo que ocurre en el ruedo, dando mayor importancia a lo vistoso que a lo ritual, al adorno que a la esencia. Da gusto ver el buen momento que vive la fiesta y cómo se llenan las plazas, pero sería importante que el crecimiento de público fuese acompañado del conocimiento necesario para poder comprender y apreciar lo que sucede en ellas. Y un mal ejemplo es la conversión de ambas suertes en un simple trámite, que se quiere breve y sin mayores exigencias reglamentarias —ni morales— olvidando su sentido y el respeto que merece el principal protagonista, que es el toro.

La suerte suprema es el encuentro en el que el torero, exponiendo su vida, se compromete a dar muerte a un animal que tiene nombre propio y ha sido criado precisamente para morir en la plaza. Ese matar o morir explica la dimensión de la suerte y por eso se entiende que una estocada pueda valer una oreja por sí misma. Todo lo anterior puede ser meritorio, bello, arriesgado, artístico, emocionante o grandioso, pero la lidia conduce a ese encuentro final en el que la estocada no puede convertirse en una obligación incómoda que se despacha como sea para empezar a celebrar el triunfo. Si reconocemos al toro una condición singular, si hablamos de él como animal sagrado y entendemos su muerte como un sacrificio ritual, tendremos que respetar las reglas haciéndolo por arriba, de frente y por derecho. Se puede pinchar, claro. Los toros tienen hueso. Pero un pinchazo en lo alto no supone menosprecio al animal si la ejecución es buena. Antiguamente se ovacionaban esos pinchazos. Pero una estocada en los bajos, aunque produzca una muerte rápida, no puede recibir la misma valoración. La eficacia no borra la forma de entrar ni el lugar donde queda la espada.

Por eso el reglamento, además de la petición del público, las condiciones de la res, la dirección de la lidia y la propia faena, considera fundamental la ejecución de la suerte y la colocación de la espada para conceder la segunda oreja. Esa exigencia tiene un significado que no debería desaparecer entre pañuelos y protestas si se quiere que se mantenga la seriedad de la plaza. El público soberano participa y pide, pero no puede exigir que se incumplan las reglas. Tampoco contribuyen a la pureza de la Fiesta quienes —siendo actores— arengan al tendido, prolongan las peticiones o convierten cada trofeo en un pulso con el palco. Hay quien pide ya las orejas antes de que muera el toro, como si el animal hubiera dejado de importar al terminar la faena de muleta.

La relajación en el cumplimiento de las reglas, tanto legales como rituales, encierra un peligro mayor de lo que pudiera parecer. Se empieza por devaluar las suertes en las que el toro es herido y sangra, y se termina por cuestionar para qué hay que ejecutarlas. De ahí a preguntarse por qué hay que matar al toro queda poco trecho, abriendo el paso a la propuesta de una corrida sin muerte que, inevitablemente, supondría la muerte de la corrida. El toro, que con nobleza y bravura se entrega en la lidia, merece también una muerte digna.