Entro en el ascensor del hospital y pulso el siete pensando que en la vida se puede subir al séptimo cielo pero que también existe el terrible ascenso a los infiernos encarnado en una enfermedad que acapara todas las formas de “hijoputismo”. Al abrir la puerta me esperan paredes pintadas de rosa, pero por ningún lado aparece Édith Piaf cantando “la vie en rose”. A pesar de todo veo rostros amables que pintan con sonrisas los cuadros tenebristas de miradas ansiosas de respuestas. Hay lugar allí para la ira, el llanto, la incertidumbre y el miedo, pero también a pie de trinchera hay un espacio para el humor, la alegría, la esperanza y hasta la épica emotividad de una carta de despedida. En mitad de todo queda la batalla de la lucha diaria, las esperas, los sueros, las vías dolorosas del catéter y la sonda, las pastillas de la calma, las pieles curtidas a base de punzadas... Leo en un azucarillo una cita de Bonaparte: “Hay ladrones que no pagan su pena, pero nos roban lo más preciado: el tiempo” y añado que también hay héroes que acuden todos los días a este lugar para traer paz en la batalla y para que el herido combatiente solo con la mirada acierte a decir: sabía que ibas a venir.