Aunque suene curioso, en la medicina tradicional y el folclor de muchas culturas, la saliva, y muy en particular la saliva en ayunas se ha considerado históricamente un remedio casero de emergencia. Nuestras abuelas no tenían laboratorios, pero se basaban en la observación. Hoy sabemos que la saliva humana contiene enzimas antibacterianas. Esto explica por qué el instinto natural de muchos mamíferos es lamerse las heridas. El uso ancestral de limpiar un raspón leve con saliva y una caricia tenía un fuerte componente analgésico psicológico. El cuidado de la abuela reducía los niveles de cortisol, la hormona del estrés en el niño, haciendo que el dolor disminuyera. En el mundo rural, la saliva de la matriarca se consideraba un escudo protector. Si se pensaba que un bebé tenía “mal de ojo” enfermo o decaído por envidias o miradas fuertes, la abuela hacía una pequeña cruz con su saliva en la frente, la planta de los pies o el pecho del niño mientras rezaba una oración para “cortar” la mala energía. Aunque las abuelas tenían razón en que la saliva tiene componentes curativos y ayuda a que los tejidos de la boca sanen rapidísimo, la medicina moderna la desaconseja, aunque el amor será siempre un buen sanador.