La punta de la lengua

    11 abr 2026 / 09:37 H.
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    Hay un territorio misterioso del que apenas se habla en los tratados de anatomía, ni figura en los mapas del cuerpo humano, ni lo estudian los neurólogos con la devoción que merece, pero que todos conocemos a partir de cierta edad: la punta de la lengua. Es una especie de limbo donde van a parar los nombres, las fechas, las caras, las palabras que hace apenas un segundo teníamos perfectamente localizadas... y que, de pronto, desaparecen con una crueldad inexplicable. —¿Cómo se llamaba este? —Sí, hombre... el de la película... —Lo tengo en la punta de la lengua... Y ahí se queda. Ni sale ni se deja olvidar del todo. Lo peor no es no saberlo. Es saber que lo sabes. Tenerlo casi atrapado y que se escape. Como querer coger humo. Entre nosotros ya es un clásico. Nos miramos, sonreímos y asentimos: a todos nos pasa. Es nuestro pequeño mal común. Y, como siempre, la memoria tiene su ironía: horas después, cuando ya no importa, aparece el nombre con una claridad perfecta. —¡Era Fulano! Pero ya da igual. La punta de la lengua es así: te niega lo que necesitas cuando lo necesitas... y te lo devuelve cuando ya no sirve para nada. Y uno se queda pensando que, quizá, no estamos perdiendo la memoria. Simplemente se nos está mudando... ahí. A la punta de la lengua.

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