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HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

La provincia invisible

En estos días de canícula estival, de calor sólido e inapelable, las calles, a partir del mediodía, se vacían sin remedio. A eso de las cuatro de la tarde la soledad callejera nos recuerda a los tiempos del encierro obligatorio durante la pandemia, cuando el silencio reinaba en las ciudades y asomarse a una ventana suponía una liberación mental y visual hacia el vacío urbano. Nuestra provincia es así: un paraíso interior con pausa veraniega, vida ralentizada, para volver a coger impulso en los primeros días de septiembre.

Aún así, muchas localidades ganan vida durante el verano: el vínculo personal de quienes emigraron por fuerza o por voluntad propia les hace volver a sus raíces y reencontrarse con los paisajes de su infancia, con la geografía sentimental de la niñez. Porque una provincia existe tanto dentro como fuera de sus límites, en el mapa y en el corazón de los que la habitaron y no la olvidan, por eso siempre vuelven. Porque la tierra conlleva una energía telúrica inevitable, focalizada en costumbres, recuerdos y afectos. Esas poblaciones que, durante estas semanas, se llenan de gente, recuperan a sus vecinos y la vida común en las calles una vez se pone el sol y el aire se vuelve respirable: personas sentadas a la puerta de sus casas, en agradable tertulia, observando la vida que pasa en un dolce far niente, una mezcla de observación cotidiana y sociología de silla de anea.

En cambio, vivimos en una sociedad hiperconectada y súper informada, pasamos el día hablando con personas de otras regiones, países o continentes a través de medios digitales, vemos series de televisión y películas producidas en Estados Unidos o Japón, compramos artículos de segunda mano a italianos o portugueses, pero no conocemos a nuestros vecinos. Las redes sociales han ampliado nuestros contactos mientras que han debilitado a las comunidades locales, y este problema toca tanto a jóvenes como a mayores. Vivimos rodeados de desconocidos.

Muchas de estas localidades, pequeños pueblos de la provincia, sufrieron fuertemente la emigración de la segunda mitad del siglo XX, un éxodo masivo a causa de la mecanización del campo y la falta de industria. El cinturón de Barcelona y, en menor medida, Madrid, Valencia y País Vasco fueron centros de recepción de emigración interior, y Alemania y Francia se convirtieron en receptores de emigración exterior. Miles de jiennenses conformaron, así, una provincia invisible y ajena, con su acento y sus recetas de cocina, añorando las fiestas populares y los domingos de paseo, amigos y tapeo. En sus pueblos los bancos cerraron, desapareció el comercio local y los jóvenes se vieron obligados a salir en busca de nuevas oportunidades, embajadores de la despoblación, heraldos de la desesperanza de lugares cargados de historia, pero vacíos de futuro. Digitalización, despoblación y cohesión territorial son temas que nos afectan a todos los habitantes de este paraíso interior para el que deseamos el mejor de los destinos: que se convierta en una elección consciente de bienestar para muchos jóvenes profesionales o familias con un proyecto de vida y un futuro certero. Y que nuestra provincia sólo sea invisible por las tardes, cuando el sol más aprieta.