La pasión
Abordar las emociones está presente en nuestra realidad contemporánea. Las personas saben definir sentimientos, incluso expresarlos. No hay otro momento como en este periodo para hablar de “las pasiones” fuera del fenómeno de bufanda y balón del fin de semana. Son sentimientos innatos que aportan la fuerza positiva que motiva con entusiasmo e interés a actuar. Legislar es para mostrar interés por la ciudadanía, generalmente por el bien común. Hay leyes que nacen para proteger y mejorar la calidad de vida, para acabar especializándose en aplazar. La Ley de la Dependencia, diecinueve años después, ha alcanzado esa perfección. La de reconocer el derecho, hacer la foto, magnificar el hecho y, acto seguido, ponerlo en espera. El último Dictamen del Observatorio de la Dependencia recoge 148.907 personas con derecho reconocido seguían en el limbo al cierre de 2025, 109.260 esperaban a ser valoradas y 32.704 murieron esperando. 90 personas al día fallecen sin haber recibido a tiempo lo que la ley le reconoce. ¿Cuál es la razón? La respuesta oficial es que el sistema crece, hay más personas atendidas, más expedientes, más resoluciones. Es verdad; si bien la falta de previsión e infrafinanciación deriva en un sistema low cost. Prestaciones escasas, servicios mínimos y burocracia excesiva.
En España se tarda de media 341 días en tramitar un expediente. Para cuidar deprisa, se llega tarde. Andalucía resume la contradicción. Lidera la cobertura de la población potencialmente dependiente con un 30,8%, por encima del 25,1% estatal, del 29,7% de Castilla y León y del 28,2% de Castilla-La Mancha; lejos, del 17,5% de Asturias. Figura entre las comunidades que más crecieron en personas con derecho reconocido en 2025, más del 12,2%, por detrás de Canarias y Galicia. Hasta ahí, bien. Pero fue donde más aumentó las listas de espera, un 35,6%; con 40.092 personas; soportó 496 días de tramitación media, mientras territorios como Castilla y León o País Vasco se mueven entre 113 y 141. Acumuló 6.995 fallecidos esperando resolución o prestación, solo por detrás de Cataluña. Jaén con los datos agregados disponibles a nivel provincial, sin poder valorar la demora o fallecimientos, en el balance al cierre del año, se situaba en torno a 37.000 beneficiarios y 57.019 prestaciones. Es decir, Jaén mejora en volumen respecto al año anterior, sí, pero lo hace dentro de un sistema andaluz que sigue exhibiendo una paradoja poco defendible: más capacidad administrativa para tramitar, contabilizar; y demasiada tardanza real. De que sirve vender que se invierte más que nunca si se llega tarde, con poca inversión y, para demasiada gente, póstumo. En comarcas envejecidas y dispersas, la dependencia no la sostiene solo el sistema, la sostienen familias agotadas, mujeres cuidadoras invisibles y hogares que adelantan con dinero, tiempo y desgaste de lo que la administración devuelve en formularios. Ojalá las administraciones y sus gestores pongan rostro y nombre a quienes sufren el ritmo con que se ejecuta este derecho, y actúen con verdadera pasión por las personas dependientes, no solo por interés político, sino por deuda moral. Las prestaciones no son graciables, devuelven vida a quienes hicieron posible la nuestra. Progresar es superar la pobreza ética de no mirar los derechos de los demás, no turbocapitalismo.