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La otra herencia

Ni que decir tiene que aquellos que tenemos hijos queremos lo mejor para ellos. Los progenitores les ofrecemos, a lo largo de sus vidas, inmejorables cuidados y mimos con un único fin: que se sientan queridos y protegidos. Nos sacrificamos para que reciban una educación en el hogar y, por supuesto, un aprendizaje que les facilite sus trayectorias laborales. Sus alegrías son nuestras alegrías. El dolor que les invada también nos produce inquietud y desasosiego a los padres. Por otro lado, pensando en el mañana, en lo más material, nos ronda la idea de la transmisión patrimonial; es decir, acudimos a las notarías para dejar reflejada y bien “atada” la herencia. En conclusión, intentamos construir, de la mejor manera posible, un camino allanado que propicie su bienestar en el futuro. Dicho todo esto, quizá nos olvidamos de otra herencia tan importante como la que deja constancia el señor notario. No es otra que la herencia climática, ya que el cambio climático constituye una de las mayores amenazas a las que nos enfrentamos los seres humanos. Indudablemente, no es el legado ni el usufructo que ansío para mis dos hijos.