Me gusta el cine, me gusta Nolan y me ha gustado su última película. Ha sido el gran estreno de un verano que navega entre eclipses y tempestades y nos muestra que la comodidad de los cines de ahora no tienen mucho que ver con las proyecciones de esos veranos que nos arroparon de estrellas. Entrar al cine suponía ver la lucha ciclópea por conseguir la entrada al mejor precio, aguantar la excelsa cabeza de los lestrigones que nos impedían ver la proyección en pantalla completa, abrazarnos a los vivos cuando salían los muertos, buscar el amor de Penelope en los furtivos romances de los sofás de saldo del gallinero, desear ser Circe para hechizar a quiénes comían con ruido y frenesí, pero sobre todo reír mucho cuando la anécdota cómica se hacía legendaria con el paso del tiempo. Una anécdota sensorial como la ocurrida en el último estreno de Spiderman con el desalojo de una sala por mal olor flatulento. Y es que, como sucedía con los amores del poeta, también hay olores que matan y nunca mueren. Que se lo digan a aquel público que con la nariz tapada abandonaba la sala buscando un seguro regreso a Ítaca cuando la noche se encrespaba por una mala ventosidad. Toda una Odisea.