Hoy me he levantado con ganas de impartir justicia. He pasado una noche regulera. El ruido de los vecinos y el tráfico de la calle no me han permitido descansar en condiciones. Y además hace un calor insoportable y tengo el aire acondicionado roto. Por eso me he despertado antes de tiempo, y me he puesto a analizar algunos de los casos que tengo pendientes de juicio. Mi intención, esta mañana, es actuar con contundencia, en este país hace falta mano dura. Me parece intolerable que determinadas personas estén impunemente en la calle, cuando merecerían ser tratadas con el máximo rigor. Por eso, mientras desayunaba una tostada que se me ha quemado y que estaba más dura que una piedra, y un vaso de leche helada que me ha sentado como un tiro, he seleccionado a una serie de indeseables, a los que les tengo especial antipatía, y cuyos comportamientos no pueden quedar, de ningún modo, impunes. Para fijar los argumentos de juicio, me he empapado del abundante material acusatorio que los diversos medios de comunicación afines a mi corriente ideológica, han ido publicando día tras día. Tras examinar todo ese sinfín de pruebas, de indicios y de testimonios, refrendados por los columnistas y opinadores más beligerantes e implacables, la instrucción ha quedado finiquitada. Resultando más que evidente la culpabilidad de los encausados. Por supuesto se tendrán en cuenta diversas circunstancias que modificarán la gravedad de la condena, como por ejemplo, si la persona acusada pertenece a alguna etnia o religión a la que le tengo antipatía. Estas particularidades funcionarán como agravantes del caso. También aplicaremos un correctivo de especial saña si la persona en cuestión está relacionada con un equipo deportivo rival, o es un artista que produce contenidos que me resulten molestos.
Y por supuesto operará la presunción de culpabilidad total y absoluta cuando el sospechoso pertenezca o simpatice con alguno de los partidos políticos que considero alejados de mi manera de pensar. Una vez hechas estas consideraciones, hay que actuar, siendo firmes e implacables. El castigo tiene que ser ejemplar y debo actuar sin la menor compasión. Toca cumplir con rigor la sentencia. Aunque seguramente luego vendrán los aguafiestas del poder judicial institucional, con sus legislaciones obsoletas y con su imparcialidad garantista y tal vez nos quiten la razón, pero eso ocurrirá dentro de mucho tiempo —afortunadamente los juzgados en este país funcionan con lentitud—, y ya será tarde para los acusados. Aunque la sentencia, cuando sea firme, desmienta todas nuestras argumentaciones, no importará en absoluto, para entonces habremos destrozado completamente la credibilidad y la reputación de los encausados. Así que, una vez finalizado el desayuno, y después de publicar todas mis conclusiones en forma de comentarios hirientes, amenazas e insultos, toca lamentablemente salir de las redes sociales y cerrar el ordenador. Es hora de acudir a mi frustrante y monótono trabajo diario, que sin embargo resulta más llevadero cuando uno tiene el orgullo y la satisfacción de haber impartido justicia virtual, junto a otros millones de compañeras y de compañeros comprometidos con el presente y con el futuro de nuestra sociedad, en ese gigantesco tribunal popular llamado internet.