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La lección de Bélgica

Ha pasado el mundial de fútbol por los coliseos de América. La cocacola fría en los chalés con la tele en la lonja y las patatillas y las aceitunas y los niños sentados en los escalones de la casa esperando el momento del delirio. Y así fue. Partido a partido vencimos la canícula bajo las parras en noches mágicas y nuevamente inéditas, con boleto para otra más hasta bebernos julio en los pagos de los amigos con piscina, a los que íbamos en bicicleta cuando la vida apenas hacía preguntas con moderada discreción y suficiente almíbar para salir airosos de la duda o de la deuda moral de cada causa emprendida. Días en que se desataron las lenguas en lo más prodigioso de cada casa: que si los negros no franceses de Francia, que si los rezos de Yamal sobre la verde euforia de la patria. “La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba”, decía Federico de los negros de Harlem. Tiempos de furia desatada para licitar la vergüenza de quienes acaso la compran cuando el avance humano favorece la conquista de sus derechos, pero la dilapidan, como sus máscaras, cuando el cortejo de la dignidad abandona sus ambiciones públicas y tenemos que soportar que el más idiota de la tribu abra la boca para que la carcajada exhiba de nuevo metales punzantes para escarnio de los más débiles.

De todo lo acontecido durante la competición, amén de nuestro fulgurante éxito, abrazo la goleada que le endosó Bélgica en octavos a la anfitriona estadounidense. El mundo asistió con estupor en la víspera del partido al levantamiento de la sanción a Folarin Balogun por una indiscutible roja que recibió en el partido contra Bosnia, tras una durísima entrada a un jugador rival. Una llamada de Donald Trump a Gianni Infantino, presidente de la FIFA —al que hemos sabido que el inquilino de la Casa Blanca quiere ahora al frente nada más y nada menos que de la ONU— bastó para torpedear la normativa y permitir que la estrella futbolística de aquel país compareciera ante Bélgica en el once inicial. Una vergüenza más de esta preocupante impunidad, de la que no se salva la derecha española, en la que no existen más leyes que aquellas que favorezcan los negocios y los intereses del más fuerte, aniquilando cualquier proyecto humano que ofrezca esperanza y pensamiento en un laberinto que opera ya desde matrices autoritarias, que nos libra de una supuesta dictadura woke para justificar el asesinato —esta semana van cuatro— a plena luz del día de seres humanos por parte del ICE en las calles de Norteamérica, a cooperadores que levantaban pantallas para mitigar con el fútbol el padecimiento de los gazatíes o tantas voces apagadas por la amenaza y el retorcimiento de según qué libertades a conveniencia de los poderes.

Que Bélgica ganase aquel partido envenenado por la injerencia de los que pregonan la desregulación precisamente de las políticas intervencionistas, fue sin duda un aliciente del azar para mandarnos una señal con cierto aliento partisano. Hay una construcción que está por llegar en el pensamiento ciudadano que cuando consiga liberarse de los caraduras que la flanquean, podrá plantar cara a ese fascismo que camina ya con paso militar sobre las deportivas de nuestros jóvenes mientras pide consejerías para destruir derechos que salvan vidas, memorias y montes. Sí: aunque ha costado mucha sangre, el azar de la Historia es mucho más inteligente que sus sátrapas.