La izquierda española está en crisis, más aún, se halla en shock, y no sólo por el “caso Zapatero”, que también y como causa fundamental, y los cuatro fracasos consecutivos sufridos en las elecciones autonómicas celebradas durante los últimos meses, sino debido a una profunda confusión de identidad ideológica, que deviene, entre otras cosas, de haber asumido como propias demasiadas banderas, algunas contradictorias entre sí, y de haber abandonado en parte su bandera esencial: la de los trabajadores. Porque la izquierda ha ido asumiendo como propias las causas del animalismo, la ecología, la lucha antitaurina, el feminismo, o las reivindicaciones “trans”. Todas, claro, poderosas y necesarias, pero la izquierda consiste sustancialmente en la lucha por la igualdad, el reparto equitativo de los bienes, y el desafío a las injusticias sociales, y de la raíz de todo ello emerge reivindicar a la clase obrera (por recurrir al término tradicional) y, como fondo, las teorías de Marx (reformuladas para su adaptación a estos tiempos) o las de la socialdemocracia. El filósofo marxista Santiago Alba Rico ha escrito: “La izquierda debe ser conservadora en estos momentos: revolucionaria en lo económico, reformista en lo político y conservadora en lo antropológico”. Una cuestión sustantiva reside en que el voto de izquierdas no está movilizado, los votantes de siempre se quedan ahora congelados en el sofá, porque su ideología no encuentra razón de ser en los partidos progresistas, o entra abiertamente en colisión con esas formaciones, sobre todo por los lamentablemente recurrentes casos de corrupción.
Un amplio sector de los jóvenes explica que en las próximas elecciones generales votarán a la derecha o a la extrema derecha porque las encuentran (sobre todo al partido de Santiago Abascal) como lo novedoso, lo último, dado que la izquierda ha resultado decididamente incapaz de dar respuesta a sus problemas. En primer lugar, al de la vivienda. La juventud siempre representó la vanguardia de la sociedad desde una ubicación en el ámbito progresista, desde el remoto Mayo del 68 francés hasta el 11-M de la Puerta del Sol.
Pero los jóvenes no se sienten ahora vanguardia de nada, sino personas sobrepasadas por el avance de lo que en otros tiempos se denominó “nuevas tecnologías” (cuya reivindicación, en gran medida, catapultó a Felipe González al poder en 1982 con una abrumadora mayoría absoluta), y actualmente es la Inteligencia Artificial (IA), algo que avanza a ritmo frenético y altamente inquietante, en lo que todos estamos subidos, pero nadie sabe cómo terminará. Los jóvenes se ven abrumados por ese incierto viaje de la IA que los obliga a ponerse al día permanentemente. ¿Cuántas personas perderán su empleo, o no lo encontrarán nunca, después de haber cursado determinadas licenciaturas a causa de la IA?
Eso debería constituir otro debate de la izquierda, que no se está dando, al menos con la repercusión pública necesaria. Porque incluso el Papa ha entrado con fuerza en el asunto: ha dictado sentencia contra el tecnofascismo en su primera encíclica. La izquierda española adolece también de dirigentes sólidos. Y uno de ellos, Zapatero, está imputado como supuesto “líder” de una estructura “sólida y estable” de tráfico de influencias. Un escenario terrible. Riki Blanco lo ha expuesto en “El País” en una viñeta en la que aparece Pedro Sánchez clamando: “El que pueda hacer, que pare”. Es posible que al PSOE le espere una larga travesía por el desierto.