Después de que la peregrina rompiera nombrando al Jándula, al Cabezo y a Andújar, Cervantes —quien pudo visitar el Santuario en abril de 1592 o ver el cuadro en el Alcázar— incluye en el Persiles una crítica puntual a la Romería, cuando la peregrina declara estar a “mal con (quienes) ... hacen granjería de la santidad, y ganancia infame de la virtud loable; ... (pues) saltean la limosna de los auténticos pobres. Y no digo más, aunque pudiera”. Entra ahora en escena el Polaco. La bestia que monta da mal un paso y caen a la vista de nuestros personajes, quienes proveen su ayuda. Confiesa el polaco que dio muerte a quien le acometió primera e inopinadamente. En la huida halló a una señora, que lo escondió en su casa, no sin antes preguntarle si era español. Desde Felipe II hasta Felipe IV, Portugal fue española y maltratada. El muerto resultó ser hijo de quien acogía al polaco. Bien sabía ella que “de su arrogante proceder (el del hijo) no se podían esperar sino desgracias”. Además, “no consiente que responda a tu gusto (venganza), el (gusto) que yo tengo de guardar mi palabra” dada al fugitivo. Y dispone su huida. Con todo, más ejemplar y memorable fue lo que el Polaco fraguó por Talavera.