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La historia del polaco

Después de la Virgen de la Cabeza, Cervantes acomete en su Persiles la historia del polaco. El jumento pisa un hoyo, y el jinete es descabalgado. Lo acogen quienes almorzaban con la peregrina y lo vieron caer. Declara el polaco que va a Madrid, de cuya Justicia recibió nota que su esposa y el amante habían sido hallados; y quedaban presos, tan a su disposición que podía ejecutarlos personalmente. Cervantes conocería el hecho real que el tabernero Angulo ejecutó a cuchillo a su mujer infiel y al mulato. Ocurría en el año 1555, en la plaza de Sevilla ante un público que contemplaba fervoroso el horrible espectáculo. Tal era la barbarie. En el siglo siguiente, otra proyectada ejecución “terminó con ... la huida de los culpables, favorecida por los religiosos que los asistían, y el público” (Carlos Romero Muñoz) El viajero pretende lavar su honra con la sangre de los transgresores. Interviene Poliandro, quien aconseja sabiamente “volved en vos, y dando lugar a la misericordia no corráis tras la justicia”, a más que “vais a hacer un pecado mortal en quitarles la vida”, que es “suma prudencia no buscar el hombre lo que no le está bien hallar”, con otras muchas razones felizmente aceptadas.