La goleta de nuestra historia

08 ene 2021 / 20:46 H.
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Cada jornada, y al caer la noche sobre los campos de Jaén, aparece, gracias a una suerte de magia, un barco de enormes proporciones en un recodo del río Guadalquivir, frente a las ruinas del castillo de La Aragonesa, a no muchas leguas del poblado de San Julián. Podría decirse que es una goleta por las formas, pero si se observa el casco con detenimiento se repara en que está construido sobre la base de una enorme barcaza romana de las que surcaban el Betis hasta Cástulo para llevar a Roma el aceite de oliva y la galena de nuestras tierras. Puede que esta enorme nave se haya transformado con el tiempo, haya ido sumando a su maderamen cada aportación de todos y cada uno de los pueblos que habitaron estos lugares.

Al caer el último brillo del día, cuando el sol se aleja para alumbrar a las gentes del oeste, con la sombra nocturna como vestido, el barco emprende travesía río arriba. La primera vez que lo observé pensé que apenas llegaría lejos, son muchos los obstáculos que nuestros cursos de agua tienen en este siglo, puentes y embalses por doquier. Todas mis dudas se disiparon justo en el puente renacentista de Marmolejo y en el muro de la presa; la goleta los atravesaba sin impedimento alguno, su naturaleza sobrenatural le hacían diluir sus formas, convertirse en estela, y cruzar como esos espíritus que vemos en las películas.

Cada nueva noche la tripulación de nuestra nave se acrecentaba, subían a su cubierta todos aquellos que habían dejado el mundo de los vivos para emprender el viaje a la eternidad. En su puente de mando se otea un guerrero ibero, curiosamente muy parecido al busto del Príncipe de Toya, quien sabe, quizá fuese él, los suyos, quienes decidieron emprender la aventura de un barco surcando la inmensidad jaenera en la eternidad.

Río arriba se otea la decrepitud del Castillo de las Huelgas, hace la nao parada justo donde la Vía Augusta romana cruzaba el caudal, más tripulantes suben a bordo, es la ley del cuerpo, irse, huir de lo material para surcar los vientos de la noche eterna. A romanos e iberos les embarga una suerte de nostalgia observando en el horizonte una colina, allí estuvo la gran Iliturgi, para unos la gloria, para otros la pena del perdedor.

A un suspiro abandona el caudaloso curso del gran río para adentrarse en otro que nada ha de desmerecer, el Guadalimar, para arribar a Cástulo, ruinas aún imponentes se alzan a la izquierda. Alguien en cubierta pide hacer parada, se trata de Aníbal, quiere dar un paseo por ese lugar en el que un día las acaricias y los besos con Himilce fueron un todo en su vida.

Vuelta río abajo, para coger de nuevo Guadalquivir, esa arteria principal, punto de partida y cruce de senderos a todos sitios. Allá donde el Guadiana menor descarga su líquido elemento, el que aparentemente es el capitán manda fondear. En su rostro se intuyen dos lágrimas, a lo lejos, coronando Hornos de Peal, se ve una gran tumba, es la Cámara sepulcral de Toya. Quizá sea cierto y el capitán es el espíritu de aquel gran guerrero ibero.

A partir de aquí la travesía se hace rápida, se surcan unos territorios llenos de angostos valles encajados en una montaña salvaje, exuberancia de árboles, de arroyos, de animales por doquier.

Atravesar la gran presa del Tranco es un espectáculo impresionante. Nuestro barco, con todo su velamen extendido, casi vuela bajo las aguas hasta aparecer allá por Cotorríos. Hay que llegar a la fuente que da vida al río, repostar el más puro de los líquidos para emprender, como cada noche, la travesía de vuelta, allá abajo, donde el cauce se nos va a tierras cordobesas para huir hacia la mar océana. Mientras la sentina llena su espacio de la mejor de las aguas, la casi totalidad de la tripulación pone pie a tierra para dar un paseo hacia un valle, no muy alejado, donde crecen unos árboles tan longevos como sus espíritus, son los tejos milenarios. Una suerte de ritual que debe dar suerte pues se repite, noche tras noche desde los confines del tiempo.

Si alguna noche tienen curiosidad, acérquense a las riberas del Guadalquivir, dejen fluir su imaginación y libérense de prejuicios, verán una nave inmensa surcar sobre las aguas y en cuya cubierta va una tripulación que es nuestra historia, nuestra gran historia, esa que se hunde milenios atrás y llega a nuestros días como manantial de orgullo. Eso sí, tengan en cuenta que de vez en cuando, la travesía se adentra en los cursos de agua que sin ser principales dan forma a nuestro cuerpo provincial, no será raro verlo por el Río San Juan, el Víboras o el Zumeta, solo necesitan suerte e imaginación. Feliz travesía.

        
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