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La frontera y el mar

Miles de jóvenes llegaron a Ceuta saltando una valla o confiando su cuerpo al mar. Algunos no alcanzaron la orilla. Otros llegaron exhaustos, ateridos, sin comprender del todo que habían entrado en un conflicto diplomático cuyas reglas se decidían muy lejos de ellos. Las imágenes de la TV mostraban una invasión, y la magnitud de lo ocurrido exigía una respuesta firme del Estado. Pero, mostraban, sobre todo, la desigualdad brutal entre quienes pueden atravesar una frontera con pasaporte y quienes deben jugarse la vida para intentarlo. La devolución con garantías, la acogida inmediata de los menores y las mujeres, la cooperación internacional y una política migratoria europea digna no son gestos de ingenuidad, por el contrario son la columna central de la democracia. Por otro lado, Europa no puede limitarse a levantar muros frente a un sur que también ha contribuido a empobrecer. Una frontera revela siempre algo más que una separación territorial, señala qué vidas consideramos protegibles y cuáles aceptamos perder. Aquellos jóvenes no nadaban solamente hacia Ceuta. Nadaban hacia una promesa quizá inexistente. Y mientras Europa discutía quién debía cerrar la puerta, el mar, silencioso, continuaba devolviéndonos la pregunta en forma de dolor y desesperación.