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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

La forma del tiempo

Roma en abril huele a piedra tibia y café expreso. El agua corre sobre las fuentes de la Piazza Navona mientras los turistas deambulan bajo un cielo que cambia como mi estado de ánimo en primavera. Cerca del Panteón de Agripa las columnas sostienen el peso de los siglos y las glicinas caen desde algunos balcones como manchas violetas sobre las fachadas ocres. El aire denso asciende por las calles estrechas arrastrando risas, pasos y el sonido lejano del tráfico. En Roma una nunca está del todo en el presente. Dioses, columnas, iglesias y fuentes te hablan del pasado, pero esto no produce tristeza sino admiración por una civilización capaz de hacer tal esfuerzo para que su legado permaneciera hasta nuestros días.

Quizá por eso me incomodó descubrir momentos en los que la ciudad parecía demasiado consciente de sí misma. Frente a la Fontana di Trevi apenas podía escucharse el agua bajo el ruido continuo de las conversaciones de los turistas. La magia desaparecía entre el bullicio. Las tiendas repetían una y otra vez las mismas miniaturas, los mismos imanes para el frigorífico, los mismos rosarios. Como si Roma llevara demasiado tiempo interpretando el personaje que el mundo es pera de ella. Pensé que quizá algunos lugares comienzan a desaparecer cuando se representan a sí mismos.

La idea regresó conmigo, estuvo tomando forma en mi cabeza sin entender muy bien porqué me preocupaba tanto como para dedicarle largas horas de meditación. Días después recordé algunos pueblos en invierno. No en los de agosto, llenos de coches y terrazas, sino en los otros. En los de enero. Me di cuenta de que se parecían a Roma. De que también representan su obra en agosto. Los pueblos de enero tienen una persiana metálica que se abre lentamente y el sonido despierta la mañana, el humo sale de la chimenea y la atmósfera huele a olivo. Hay muchas casas cerradas en las que el aire se queda detenido junto a los muebles esperando visita. Existen lugares donde el tiempo se acumula de una forma casi física. Primero se percibe en el insignificante gesto de girar la llave que cuesta demasiado. Después la cerradura cede con un chasquido seco y dentro aparece ese olor espeso de las habitaciones cerradas demasiado tiempo: polvo, humedad, madera vieja, ropa guardada en cajones demasiado antiguos. Es probable que —sobre una mesa— quede un calendario detenido en otro año. En la cocina, un vaso olvidado junto al fregadero con la opacidad dibujada en el rostro. Todo sigue en su sitio, pero una tristeza comienza a morderte las entrañas. Puede ser que se trate de un descubrimiento: conservar no siempre significa mantener la herencia intacta.

Hay objetos, tierras, casas... que están cansados de tanta vida. Se limitan a quedarse porque nadie sabe qué hacer con ellos porque lo que se hereda es sagrado y no se toca. Solo se custodia y se mantiene para que permanezca siempre en la familia porque encierra mucho sacrificio. Y quizá sea cierto. Quizá detrás de cada pequeña herencia hubo frío, cansancio y vidas enteras doblándose sobre la tierra. Tal vez por eso cuesta tanto tocar algunas cosas sin sentir culpa. Como si transformar aquello que otros levantaron con tanto esfuerzo fuese una deslealtad. Pero últimamente me pregunto si a veces el amor al pasado no termina pareciéndose demasiado al miedo.

Miedo a mover. Miedo a cambiar. Miedo a aceptar que la vida sigue avanzando por mucho que nos duela. Tal vez la diferencia entre una civilización viva y otra agotada no sea la cantidad de pasado que conserva, sino la capacidad de seguir produciendo presente dentro de él. Se me ocurre que tal vez algunas herencias no fueron hechas para encerrarnos dentro de ellas, sino para ayudarnos a comenzar algo distinto o; simplemente a comenzar. Cuando abandoné Roma, el cielo seguía repleto de nubes que iban y venían, las cúpulas dibujaban la silueta de una ciudad que seguía allí, hermosa, antigua; sosteniendo siglos enteros sobre sus hombros. Pensé que quizá las cosas sólo permanecen vivas mientras aceptas que pueden cambiar de forma.