En “La ciudad bombardeada”, que es otro texto comentado en el club de lectura de Miguel Hernández, coordinado por José Antonio Martínez Liébana, Hernández no solo denuncia el horror del ataque aéreo a Jaén; desnuda una actitud social de indiferencia y ceguera. El poeta retrata una ciudad que vive “reclinada al sol”, ajena al sufrimiento ajeno, hasta que la guerra irrumpe en su piel. Entonces la violencia despierta a la ciudad de su sueño cómplice. El bombardeo ya no es una noticia lejana: son madres, niños, ancianos destrozados en su propia plaza. La crítica de Hernández trasciende la coyuntura bélica: es un alegato contra la pasividad moral. La tragedia revela que la neutralidad también mata. Frente a la barbarie, el poeta exige conciencia, solidaridad y acción. Su voz no busca venganza, sino despertar. Jaén debe “despertar definitivamente”, y con ella, todos los pueblos que aún contemplan la injusticia como espectáculo. La poesía, aquí, es sirena y conciencia de lo humano: “Voy creyendo que para que un pueblo, un hombre, un español, sienta las sufrimientos de otro es preciso que posea también sobre el las desgracias que al otro aquejan”.