Mi vida en pareja es un camino de perros. Desde el primer día, no, claro. Entonces íbamos despacio, tanteando el terreno y, por lo general, se imponían las atenciones hacia el otro en aras de favorecer el ascenso hasta la cima de su corazón, como si eso fuera realmente posible. Pero tampoco puedo afirmar que ocurriera poco a poco, porque se trató de una decisión consensuada y repentina, de una elección con el cien por cien de los votos a favor. Recuerdo aquella tarde, el lugar exacto: calle Alfonso X el Sabio de Linares, en la acera contraria a la de los edificios de Peritos. Recuerdo una jaula grande, impropia para un pájaro, la premonición instantánea de todo lo que vendría después. Y recuerdo, sobre todo, una cara con su boca muy abierta, demandando atención. No sonaban los Burning, no bailábamos “Mueve tus caderas” ni “Jim Dinamita” ni “Esto es un atraco”. Sonaba esa voz que se antepone al resto de voces, esa voz interior, sorda y maléfica que asoma, de cuando en cuando y de improviso, con la sola intención de hacernos desoír al resto de voces. “Guau”, dijo aquel primer perro. Y “guau” le dijimos nosotros a la persona que regentaba el establecimiento que regalaba a ese perro.
Lo primero que hizo Burning al llegar a casa fue destrozar un ficus que yo cuidaba con absoluta devoción. El ficus con el que aparecí por primera vez en esa casa que, muy pronto, se convertiría en mi casa y en la casa de la persona que guarda el corazón que, estúpidamente y sin descanso, sigo tratando de coronar. Se lo permitimos. A Burning, desde el primer día, se lo permitimos todo. Era un perro con alma de perro. Y Bob Dylan ya lo había dejado por escrito hacía mucho tiempo: “Si los perros corren libres, ¿por qué yo no?”.
Cinco años después de aquello, Toño —otro perro con alma de perro— llegó con la misión de acompañarme a otra casa, tras la decisión consensuada con mi pareja de abandonar oficiosamente la casa primitiva de Linares para emprender en la sierra de Segura la búsqueda de otra forma de vida más primitiva, más auténtica, con más tiempo para perrear. Me enamoró hasta las trancas. Toño poseía ese don: enamorar hasta las trancas desde un carácter que no parecía estar predestinado para eso. Un perro demasiado independiente. Un perro demasiado temeroso. Un perro demasiado inquieto, demasiado nervioso, demasiado loco y completamente incapaz de comprender que frente a un jabalí furioso cualquier táctica es buena, menos la del enfrentamiento directo. Sobre todo, para un perro de cuatro o cinco kilos escasos de peso. Murió en 2020 por un accidente muy tonto, tontísimo, en Cortijo Viejo. Pero mi pareja y yo, que entonces ya habíamos encontrado allí la vida más primitiva y más auténtica que con tanto ahínco habíamos buscado, lo llevamos a reposar a Venta Rampias, el eterno sitio de su recreo.
Harry nació la madrugada del 29 de marzo de 2015 en el patio de la casa que Carmen y Juan tienen en Venta Rampias. Hijo de Conga y de Paquito. Hijo predilecto del sempiterno invierno que campa en Venta Rampias hasta bien entrado junio. Conoció a Burning, tuvo tiempo de amansarlo, de demostrarle que, cuando se pone empeño, el tamaño no importa o, al menos, pasa a ser relativo. Conoció a Toño con el que nunca logró conectar, porque Toño solo conectaba consigo mismo. Y ahora, con sumo pesar, está conociendo y padeciendo a Marilina y Bimba, las dos perras que en 2020 y 2021, respectivamente, vinieron a sumarse a la tropa. Se hace viejo Harry. De manera inexorable y a muchísima velocidad. Le pesa el culo, le pesan los miedos, las inseguridades y las manías que nunca tuvo. Y Harry no es el tercero de cinco ni el de en medio de Los Chichos. Harry, en nuestra particular vida de perros, es el eslabón, la prueba irrefutable de que cualquier presente que venga cuando él ya no esté carecerá de testigos directos. Otra muestra más de que nuestro paso por el mundo obedece a un ladrido que merece revertirse en mordisco. Y mirar hacia arriba cada vez que sospechemos que estamos cerca de coronar para descubrir que no, que eso es solo otro imposible, que la montaña es caminar hasta el último aliento.