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La canción de nuestra muerte

Muchas veces, al lado de donde estamos celebrando nuestra fiesta hay alguien muriéndose. Muchas veces, escuchando nuestra música o el estrépito de nuestras conversaciones. Alguien que no tenía previsto morirse o alguien a quien, apenas unas horas antes, un médico decidió darle el alta hospitalaria para que pudiera hacerlo en la tranquilidad de su hogar. En cualquier caso, alguien sin tiempo o sin fuerzas para asomarse al rellano y reclamar silencio o auxilio a través de un grito, alguien que, como mucho, grita de dolor. Suele ser alguien desconocido, anónimo; alguien que a nosotros solo nos sirve para comprender la vital importancia de los sepultureros, quizá uno de esos fumadores que llenan de colillas los alrededores de los bancos de los parques, alguien que, sin saberlo, se lleva consigo la necesidad de que alguien las barra, otro trabajo.

Otras veces, la muerte nos pilla lejos, en una de esas fiestas, y nos introduce de lleno en un laberinto, porque solo cuando estamos cerca podemos llegar a sentirnos a salvo de sentir que, tal vez, podríamos haber hecho algo para impedirlo. Aunque otras muchas veces, esa misma cercanía, lo único que nos ofrezca sea la certidumbre de que la muerte y el sufrimiento suelen viajar en el mismo compartimento. Estas muertes siempre, siempre, siempre las protagonizan seres queridos, que no tenían previsto morirse y que ya nunca alcanzarán a contarnos que, quizá, lo hicieron mientras sonaban canciones que ellos jamás habrían puesto, que ellos jamás habrían elegido; canciones que sonaban a un volumen altísimo, muy por encima de sus —posibles— gritos de dolor o de auxilio. Protagonistas que, en ocasiones, fumaban y ensuciaban los alrededores de los bancos de los parques. Protagonistas por los que el sepulturero, acostumbrado a estas lides, es completamente incapaz de soltar una mísera lágrima. Protagonistas que, con un inevitable gesto de cariño, tal vez sean recordados a la mañana siguiente por el señor o la señora que, a diario, se encargan de barrer las colillas que hoy les faltan en el suelo.

Todos somos fumadores, de la manera que sea: todos somos fumadores. Y patéticos pinchadiscos. De la manera que sea, todos, en algún momento de nuestra vida, elegimos la canción menos apropiada o el momento menos propicio para ponerla. Vemos un coche fúnebre y tocamos madera, hasta ahí alcanza nuestra empatía. Vemos al sepulturero enmasillando un nicho y pensamos “vaya mierda de trabajo”; vemos, incluso, al señor o a la señora encargados de mantener la limpieza en el parque, mientras paseamos a nuestro perro o a nuestra perra, y persistimos en el mismo pensamiento: “vaya mierda de trabajo”. Y si todo lo que hacen —ese señor o esa señora— es proyectar la mirada hacia un banco vacío e impoluto, sin colillas que recoger a su alrededor, capaces somos de gritarles: “¡barred, coño, que para eso os pagamos!”.

Nunca somos nosotros. La bruta y brusca terquedad y practicidad con la que se maneja la muerte lo impide. Ella siempre necesita a alguien al otro lado del aparato. ¡Siempre! Alguien que conteste “¡No puede ser! ¡No!, ¡no puede ser! ¿Pero qué cojones me estás contando? ¡No!, ¡Joder!, ¡No!”; alguien que, a gritos, le pida a otro alguien que haga el favor de bajar el puto volumen de la música, a alguien que no lo sentirá de la misma manera, aunque —por mero respeto— de entrada se le acabe la fiesta. No, nunca somos nosotros. ¡Nunca! Sabemos que la labor del sepulturero es necesaria, indispensable; sabemos que todos somos fumadores, que todos arrojamos colillas alrededor del banco del parque. Sabemos, incluso, que siempre hay alguien muriéndose al lado de donde celebramos nuestras fiestas. ¡Siempre! Y sabemos que el volumen que nos obliga a hablar a gritos acalla otros gritos. Muchas veces, los gritos que nos asaltan en mitad de la noche; gritos imposibles, que aún no nos pertenecen, que vienen del futuro, de una nave espacial en la que alguien, en este preciso momento, pincha la canción de nuestra muerte.