Me dan miedo las serpientes y, esta mañana, he encontrado una en casa mientras barría. Y eso he hecho: barrerla y sacarla al campo, donde uno teme encontrarse con una serpiente. Medía poco más de quince o veinte centímetros, desconozco si víbora o culebra. Mis ojos la miraban, no la perdían de vista, pero sin poder descifrar si en los suyos reinaban unas pupilas verticales o redondas o si su hocico era achatado o puntiagudo. ¿Qué importa? De haberse erguido —como en las películas—, fuese cual fuese la calidad de su veneno, habría muerto del susto.
También me dan miedo las ballenas jorobadas, aunque no muerdan. Y a la mayoría de ustedes también, aunque ahora no lo sepan. Y si no, imagínense lo que sería sentir de pronto su carne en nuestra espalda, mientras este verano jugamos a hacernos el muerto en una playa de Cullera o de Estepona. El miedo es una aparición inesperada. La cara más bonita del mundo está abierta a provocarnos mucho miedo. La voz más amable, la imagen más hermosa: un amanecer de color vino, a la hora en la que no toca, nos empujaría a salir corriendo o entumecería hasta el último de nuestros músculos. En Venta Rampias me ocurrió con un ratón: levanté la tapa del cubo de la basura para tirar una tonelada de cáscaras de pipas y ahí estaba: pequeño, como un dibujo animado, inofensivo por completo, igual de asustado que yo. Los dos maniobramos de la misma manera: huyendo despavoridos en busca de auxilio. El mío para que me ayudaran a cazarlo. El suyo —así me lo imagino— para que le enseñaran la salida más rápida.
Ese ratón habrá muerto. Todos los ratones se mueren. Y los loros también, aunque tarden mucho más tiempo en hacerlo. Entre seis y doce meses establece Google la vida media de un ratón de campo; entre dos y tres años la de los que decidimos mantener en cautividad, a modo de mascota o en un laboratorio. ¿Cómo se lo tomarán estos últimos, como una clamorosa privación de libertad o como la única oportunidad real de alargar su existencia? Nosotros, los humanos, en no pocas ocasiones, trabajamos en algo que no nos gusta, que detestamos, que nos entristece hasta decir basta, y no se nos pasa por la cabeza abandonar ese empleo, al contrario: sentimos que nos asegura el pan para esos días tristes. O permanecemos al lado de alguien al que hace lustros que no amamos, porque creemos que eso es lo ideal para la familia y que la familia ha de ser lo primero, por encima —incluso— de unos sentimientos que, en la intimidad, se muestran irrefrenables. U optamos por posponer indefinidamente la adquisición de un capricho en favor de una prudencia que venga a liquidar la irrupción de un posible contratiempo, de un contratiempo que, a lo mejor, nunca llega y que, sin embargo, es capaz de dejarnos el vacío sempiterno de lo que podría haber servido para atenuar, al menos un poco, esos días tan grises del trabajo. Nosotros, los humanos, a cada rato elegimos la jaula y tiramos lejos la llave, y nos subimos a la rueda y damos vueltas y vueltas y vueltas.
De aquel ratón muerto nunca más supe. Corrí todos los muebles, puse la casa patas arriba, puse un par de cepos, puse veneno en algunos rincones. Durante varios días, como una semana o así, me moví por ella con suma precaución, siempre alerta, por si lo encontraba erguido como una víbora, dispuesto a morderme. Y luego me olvidé. No lo di por muerto ni por fugado, me olvidé y continué con mi vida sin tan siquiera disfrutar de la sensación de sentirme a salvo, porque el olvido no habita ningún presente. El olvido es la tumba sin flores, la respuesta a ese mensaje que esperas desde anoche de esa persona que tanto te gusta, que tanto te duele, de la única persona del mundo capaz de amontonar todas las ilusiones hechas en aras de un día azul y convertirlas en la peor tormenta de tu historia. La ballena jorobada que ya no sientes en tu espalda porque no juegas a hacerte el muerto. Lo estás.