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La Asamblea

Resulta penoso ver a los líderes internacionales esforzándose en quedar bien ante el mundo. Son conscientes de que nadie les hace ni puñetero caso, pero se ponen sus mejores trajes de hipocresía y se agarran al micrófono de la gran tribuna de las Naciones Unidas. Todos los años las mismas historias: que si la libertad, que si nosotros no hemos sido, que ellos son los malos etcétera. Lo cierto es que me sigue produciendo curiosidad más que nada por ver por donde se escapan, uno a uno, de la responsabilidad de ser lo que deberían ser y que no son. Colocados delante de la piedra de mármol verde, con cara de preocupación y más maquillaje que una novia, intentan que el mundo los reconozca en el futuro como los grandes hacedores de la paz y el progreso de los pueblos. Aprovechan para echar la culpa de las guerras a los demás, sin darse cuenta de que ya no tienen ninguna credibilidad. En estos tiempos de autopistas de la información, los ciudadanos del mundo sabemos de que pie cojea cada uno cada diez minutos de todo el año. Pero ellos, una vez al año, juegan a ser niños buenos tratando de borrar de borrar de sus circunspectas caras cualquier atisbo de asesinatos, robo o estafa. Ya no engañan a nadie. Eso se quedó para os tiempos de Kennedy, Gorbachov o De Gaulle. Aquellos hacían brillar el mármol en tiempos difíciles, estos de hoy en día no les llegan a la suela. No dan la talla mínima.