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Juego limpio

Vivimos el campeonato mundial de fútbol, un acontecimiento universal. Las opiniones y conductas de estos deportistas, sometidos a las intensas presiones de sus seguidores, sirven de pauta y ejemplo para la mayoría de la humanidad. De ahí su importancia como vector educativo y lo preocupante, en muchos casos, de su ejemplo: agresividad incontrolada, argucias... Echamos de menos la enkrateia griega, el autocontrol, la capacidad de no dejarse dominar por las pasiones, el entorno y las opiniones ajenas; hablamos del juego limpio (fair play), principio ético, aplicable al deporte y a la vida, que fomenta la honestidad y la justicia. No basta, pues, con cumplir las reglas del juego. Es necesario, en primer lugar, rechazar ventajas injustas, no simular faltas; en segundo, no humillar al contrario y aceptar la derrota con dignidad. Y, en tercer lugar, demostrar espíritu deportivo: lo importante es participar, no el resultado. Corresponde a los árbitros y a los comentaristas, respectivamente, la tarea de controlar y criticar el juego sucio para hacer que este deporte sea un ejemplo a imitar.