Se conduele Juan Valera —en carta a Alcalá Galiano— del mal gusto y de la pedantería cursilona que enseñorea por doquier. Asegura que, si la gente de Cabra y Doña Mencía leyeran, ellos sí entenderían por derecho y a carta cabal. Añade —dirigiéndose ahora al barón Greindt— que en las capitales, que es donde se lee, dieron los ciudadanos en fabricar un lenguaje endiablado, a base de dicharachos y horteradas; y que, por consecuencia de ello, hallan al suyo propio ¡al lenguaje auténticamente natural! Como si fuera “gringo, extraño y a veces ininteligible” Enojado —dice Azaña— Valera escribió muy poco en una decena de años. Era don Juan Valera hijo de un oficial de la Armada, que sufrió cárcel por sus ideas liberales, y hubo de abandonar el servicio durante el terror fernandino. Y de la marquesa de Paniega, viuda del general Santiago Freuller, de quién tenía un hijo, José Freuller y Alcalá-Galiano, primogénito y heredero del título. El oficial de la Armada y maestrante de Ronda aquietó el ánimo y aconsejó finalmente al hijo, Juan Valera, guardar las entretelas, abstenerse de lanzar al aire ideas propias, porque la publicidad no convenía al interés de la hacienda, base del sustento diario.