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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA
Temas del día

Josefina & Marilyn

Son curiosas las coincidencias que tienen los almanaques —que guardan más “alma” que los calendarios— cuando nos enfrentamos a las fechas o efemérides que atesoran entre sus páginas. Cuando ocurrieron los hechos que nos recuerdan no éramos conscientes del todo, pero hoy, muchos años después, somos capaces de situarlos no ya en el justo instante en que entraron en eso que llamamos “la Historia” sino, y eso es mucho más importante, en el apartado personal que la neurona vigilante que no nos abandona tiene siempre preparado para acercarnos lo que fuimos, sentimos o acariciamos. En estas fechas, una en marzo pasado y la otra en el próximo junio, llegaron hasta nosotros y ya han pasado cien años, dos figuras que consiguieron remover nuestro corazón y vestirlo de alma en muy diferentes aspectos y circunstancias. Vamos primero con “el cuerpo”, con esa figura tierna, diría que “achuchable” en la más emotiva y sensible de las acepciones, que no es otra que Marilyn. ¿Hace falta indicar su apellido? Sé que no. Solo existió una y a pesar de los 64 años transcurridos desde que nos dejó, nadie ha podido ocupar su sitio en nuestro imaginario. En alguna ocasión he comentado la sensación que me inundó al pasar junto a la casa en la que murió “rodeada” de barbitúricos en un recorrido por Los Ángeles en el que parecía que la historia se detuviese junto a la acera mientras imaginaba que aquella Norma Jeane Mortenson podría saludarnos desde la ventana que daba al jardín. Estábamos frente al 12305 Fifth Helena Drive en el barrio de Brentwood pero no hizo falta ese añorado saludo. La pantalla que nos acompaña siempre cuando evocamos un recuerdo me la trajo en aquel campanario de “Niagara”, en el tren de “Con faldas y a lo loco”, enfrentada a Bette Davis en “Eva al desnudo”, junto a Jane Russell en “Los caballeros las prefieren rubias”, compartiendo apartamento con Lauren Bacall y Betty Grable en “Cómo casarse con un millonario”, cantando en aquel bareto de “Bus Stop”, sobre la rejilla del metro en “La tentación vive arriba” o rodeada de caballos salvajes junto a Clark Gable y Monty Clift en “Vidas rebeldes”. Si era tonta o no —a pesar de su pelo rubio— si se suicidó o la suicidaron y si su vida no fue tan glamourosa como podríamos pensar son ya solo incógnitas del pasado.

El otro centenario nos toca la fibra literaria, el placer de navegar página tras página a la búsqueda de desenlaces que te hacen pensar, meditar y recapacitar. Hablamos de Josefina Rodríguez a quien hemos conocido con el apellido de su marido, Ignacio Aldecoa. Solo hace quince años que nos dejó y su recuerdo sigue especialmente vigente. Ignacio y ella, en aquellas tertulias del Café Gijón daban pie, junto con otros compañeros y compañeras, a lo que fue la Generación de los 50. Recuerdo haber leído una entrevista en la que, hablando de su marido, comentaba que aquellos tertulianos les comentaban que todos estaban “aldecoholizados” por la influencia que ejercía Ignacio. Recordaba Josefina las buenas enseñanzas que recibió en su infancia y que estaban repletas de poemas de Machado, Juan Ramón, Lorca o Alberti junto con el rumor de la Residencia de Estudiantes y la amistad de Rafael Azcona, Juan Benet, Juan García Hortelano, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite o Ana María Matute. Una mezcla que, lógicamente, dio sus frutos ya que Josefina fundó el Colegio Estilo con metodologías inspiradas en la Institución Libre de Enseñanza y fue publicando, para regocijo de quienes hemos seguido su huella, obras como “Los niños de la guerra”, “Porque éramos jóvenes”, “Historia de una maestra”, “Mujeres de negro” o “La fuerza del destino”.

Alma, cuerpo, mente, corazón, se unen en el calendario y nos dejan festejar unidos los cien años de Marilyn y Josefina. ¿Hubiéramos crecido igual sin las películas de Marilyn o los libros de Josefina? Probablemente no. El cine y la docencia, las pantallas y los libros, las llevan en ese ADN del que hemos bebido las siguientes generaciones.