Hay noches en las que una ciudad recuerda para qué sirve la cultura. Miles de jiennenses miraron al cielo mientras ocho bailarinas, suspendidas a treinta metros de altura, convertían Vivaldi, la Catedral y la noche de Jaén en un escenario. Aria no necesitó un teatro: necesitó una ciudad. Y ahí está lo importante. El Ayuntamiento de Jaén está haciendo un esfuerzo por devolver la cultura a la calle, a las plazas y, sobre todo, a la gente. Porque la cultura no puede seguir siendo el salón privado de las señoras del cardado que acuden a la Zarzuela y los “señoros” de barrera y puro. La cultura no nació para unos pocos, ni necesita etiqueta, terciopelo o apellido. La cultura es una niña mirando al cielo con la boca abierta. Una familia descubriendo el ballet. Un joven encontrándose con Vivaldi sin haberlo buscado. Una plaza llena. Arte sin puertas ni invitaciones. Por eso merece reconocerse el esfuerzo municipal: hacer cultura también es hacer ciudad. Cuando el arte sale a la calle, deja de ser un lujo y recupera su verdadera condición: un derecho, un espacio común y una herramienta para transformar la sociedad. Porque Jaén no necesita una cultura para quienes siempre tuvieron palco. Necesita una cultura que llegue a quien nunca pudo sentarse en él. Cultura para todas y todos. Cultura del pueblo y para el pueblo.