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Interrumpir la distancia

Hay momentos en que el tiempo parece quedarse quieto, como si una mano invisible apartara por un instante la corriente de los días. También el espacio puede ceder: un pueblo cabe en una fotografía, una voz alcanza a quien se marchó, un rostro vuelve desde el papel. El afecto conoce esa misma interrupción. No elimina la distancia, pero la vuelve transitable. Manolo tiene setenta y cinco años y estamos intentando poner orden en sus ocupaciones: los archivos, las visitas a la Torre, una charla en la residencia, los trescientos bonsáis. Al llegar a estos últimos, menciona una hoja manchada. La conversación, que venía recorriendo Génave, se estrecha hasta caber en ella.

Cuidar exige esa acomodación de la mirada: acercarse, distinguir una alteración mínima, concederle tiempo. Entre trescientos árboles pequeños, una hoja conserva su importancia. Empiezo a reconocer a Manolín en ese movimiento de la atención, capaz de recorrer los asuntos de un pueblo y detenerse después en algo que apenas ocupa espacio. Sus días parecen adquirir espesor allí donde encuentra una tarea. Ha sido maestro y director en el colegio rural que reúne a Génave, Villarrodrigo y Torres de Albanchez. Cuando le pregunto de dónde vienen sus ganas de aprender, nombra a la mujer que los acogió a su hermano y a él: uno recién nacido, el otro con tres años. Era su tía; él la llama santa. En esa palabra deposita una gratitud que ha atravesado toda su vida. Recuerda la puntualidad, el respeto, la obligación de aprender algo nuevo cada día. También la tiendecilla y los cromos que coleccionaba.

De aquella infancia le queda también el gusto por guardar cosas. Ha reunido más de veinte mil fotografías antiguas y acaba de donarlas al ayuntamiento. Treinta y cinco exposiciones han ido acercando a los vecinos las imágenes que otros le hicieron llegar. Durante casi siete años ha compartido una fotografía diaria con su comentario en un grupo de WhatsApp donde se encuentran los paisanos que permanecen en Génave y los que se marcharon. Para estos, una imagen puede interrumpir por un instante la distancia. Basta reconocer algo para que el lugar donde estamos ceda espacio al lugar del que venimos. Un rostro puede permanecer intacto sobre el papel mucho después de que desaparezca la última persona capaz de decirnos su nombre. La fotografía guarda una presencia; alrededor, el olvido sigue trabajando. Manolín recoge, ordena, comenta. Su labor de cronista se demora en ese intervalo durante el cual todavía es posible preguntar. Ahora utiliza también la inteligencia artificial para reparar imágenes deterioradas. Aprende a manejar una herramienta nueva y la incorpora al cuidado de lo que ha recibido.

Ese gusto por aprender contiene una disposición a exponerse. Ante una propuesta que considera valiosa, Manolín se implica, acepta tareas para las que habrá de adquirir conocimientos, compromete una parte de sus días. Así participó en los comienzos del olivar ecológico, por su preocupación por el medio ambiente y por la necesidad de encontrar otras posibilidades para el aceite de su tierra. Aprendieron a producir. Vender les descubrió una dificultad cuya hondura aún desconocían. Después llegaron los problemas comerciales, los préstamos y una fábrica a medio construir cuando les comunicaron que el proyecto no era viable. El riesgo había adquirido el peso preciso de una deuda y de una obra inacabada. Al recordarlo, Manolín nombra a quienes ayudaron a continuar. El entusiasmo necesitó apoyos, gestiones, respuestas que hubo que buscar entre varios. El atrevimiento tuvo que negociar con el dinero, con las decisiones ajenas, con aquello que las ganas por sí solas no resolvían.

En la banda de música “Los Pizarrines” tocaba y se ocupaba de cuanto hacía falta alrededor: ayuntamientos, cobros, alojamiento, bocadillos. También mediaba en los conflictos. Antes de la música estaban el hambre, el descanso, los desacuerdos; toda la materia cotidiana de la convivencia. Él atendía esa parte menos audible. La banda terminó por falta de músicos. Las actividades compartidas necesitan que alguien vuelva a reservarles tiempo, una vez y otra. Manolín conoce ese desgaste. Hay cosas que ha tenido que dejar y otras que terminaron a pesar de él. Su vida lleva también la huella de cuanto intentó sostener sin conseguir que durara. Génave aparece en casi todo lo que cuenta. También Villarrodrigo, Torres de Albanchez, la Sierra de Segura. La pertenencia ha ido tomando en él la forma de una dedicación: años de escuela, archivos, aceite, música. Su tiempo está repartido por esos lugares. Mientras habla dice «nosotros», porque hay gente que lo ayuda. En ese plural se reconoce el roce de trabajar con otros, la gratitud y la dificultad de ponerse de acuerdo.

Quiere que, cuando llegue el momento de irse, el saco esté lleno. Dice que ya ha llenado varios. Pienso en todo lo que ha ido reuniendo: fotografías rescatadas, árboles atendidos, alumnos que aprendieron, viajes de la banda y problemas que alguien pudo atravesar porque él estuvo allí. Al principio, cada gesto parece pequeño: una hoja, una imagen, un trámite, un bocadillo. Pero los años terminan formando un conjunto que ya no pertenece a una sola vida. Las fotografías son ahora del pueblo; lo enseñado continúa en quienes aprendieron; la música también pertenece a quienes la escucharon. Una parte de Manolín lleva años fuera de él, repartida entre los demás. Tiene setenta y cinco años. Ha donado las imágenes que reunió durante décadas y prepara la exposición número treinta y seis. Me cuenta lo que ha hecho, como quien revisa lo reunido antes de seguir adelante. El saco está lleno, pero no cerrado. Todavía caben otra fotografía, otra conversación, otra tarea capaz de interrumpir la distancia. Quizá eso sea lo más ligero: saber que, mientras quede tiempo, aún puede hacer algo que un día alguien llevará consigo.