No suele ser una práctica generalizada la lectura de encíclicas papales fuera de los ambientes clericales, porque ya se encarga la misma iglesia de resumir sus mensajes a fin de que puedan llegar a todo el mundo y en todos los idiomas. Pero en su histórica visita a España, León XIV ha tocado aspectos tan vigentes que conviene adentrarse más en sus recados. Uno de los temas tratados, sin restar importancia a los demás, ha sido el de la llamada inteligencia artificial, advirtiéndonos sobre los peligros que se pueden derivar, tanto por el mal uso que cada uno le podamos dar, como —sobre todo— por lo que puedan abusar los que tienen el poder de diseñar, creando “modelos tecnocráticos” que hagan parecer justas —y de lo más normal— visiones contrarias al humanismo más elemental. Dándole vueltas al asunto, cabe pensar que mucho antes de desarrollar la inteligencia natural, o de inventar la artificial, el hombre concibió y se apoyó en la que podríamos llamar “inteligencia sobrenatural”. Debió de surgir en el mismo momento que empezó a hacerse preguntas él solo, sin poder apoyarse en nadie porque nadie entonces las sabía responder. Podría resultar un ejercicio interesante para el verano, tumbarnos en la sierra mirando al cielo en una noche estrellada, dejando a un lado todos nuestros conocimientos, para ponernos en la misma situación y el mismo lugar de aquel ser humano que hacía lo mismo hace miles de años cuando nada se sabía ni de física ni de astronomía. Es posible que fuese esa sensación de insignificancia o de pequeñez bajo el desconocido firmamento lo que le llevase a echar mano —por primera vez— de la inteligencia sobrenatural, pensando que por encima y dominando todo aquello tenía que existir algo superior en lo que poder creer. De alguna manera necesitaba darle sentido a todo aquello y una razón de ser a la propia vida, cuando además la muerte —ésa sí que la conocía bien— acechaba entonces en cualquier sitio y de cualquier manera. ¿Quién dirige todo esto? Se debería preguntar... A lo mejor me puede proteger o ayudar. Hasta que amaneció. Y fue salir el sol y descubrir algo a lo que poder adorar.
Hoy andamos cerca de los cien años de media en expectativa de vida, porque sabemos tanto de medicina como de galaxias, de agujeros negros y de física cuántica. Y lo que no sabemos se lo preguntamos a la IA. ¿Es eso malo? Por muy artificial que sea, la IA está hecha a base de inteligencia humana y, si la usamos “con cabeza”, puede ser muy útil. O sea, usarla no para que piense por nosotros sino para ayudarnos a nosotros a pensar, con el cuidado que ya nos recomienda Su Santidad evitando lo que la misma pueda tener de engaño y de maldad. Me gusta emular a mi amigo y paisano Emilio, “el dentista de la nariz”, cuando alerta sobre la pérdida de la función masticatoria por el consumo de alimentos que ya vienen triturados o en zumos y batidos. Del mismo modo, la inteligencia artificial podría llevarnos a la merma de nuestra función pensante si aceptamos —así, sin más— sus juicios o sus pensamientos ya debatidos y “mascados”. La verdad es que, puestos a pensar, ¿quién piensa o pensaba más? ¿el que hoy se pone a mirar las estrellas con un mapa virtual inteligente en la mano? ¿O el que hace miles de años tenía que darle sentido a su vida y preguntarse en su soledad qué es lo que pintaba él allí ante tanta inmensidad?