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Inteligencia Artificial

Filósofos, intelectuales, catedráticos y pioneros de la IA nos alertan de que el verdadero peligro actual de la inteligencia artificial no es que las máquinas cobren conciencia y dominen a la humanidad, sino que humanos malintencionados multipliquen su fuerza y capacidad de daño utilizando estas herramientas. Y lo sostienen como si acabaran de descubrir la pólvora o América. El análisis con más repercusión pública y el más concienzudo y ambicioso quizás sea el de la encíclica, Magnifica Humanitas, pero tampoco entra en aspectos esenciales como puede ser la parte económica de la IA y se queda en el análisis moral llegando a conclusiones profundas de carácter ético o filosófico. Podríamos decir coloquialmente que se queda a medio fuelle. Hay muchas preguntas preocupantes en el aire. ¿A quién pertenece la IA? ¿Quién debe apropiarse de ella? ¿Qué políticas se deben adoptar para su regularización? ¿Qué instrumentos fiscales se le aplican o se le deben aplicar? ¿Qué marcos jurídicos la gobernarán? Y, quizás lo más alarmante, ¿quién va a pagar todo esto y quién soportará su coste y quién debe beneficiarse de su existencia? De todo esto parece que se habla poco. Recuerden lo que pasó con las hipotecas basura que multiplicaron y acopiaron los bancos antes de la trágica crisis del año 2007. El daño cuando todo falló se extendió de tal manera que la basura financiera acumulada y difundida por la banca no se quedó en la banca misma, sino que nos afectó a todos y a toda la economía. La verdadera contabilidad de las grandes tecnológicas dedicadas a la carrera del desarrollo de la IA se verá al descubierto tarde o temprano y esto pondrá sobre la mesa su verdadero valor. Estas empresas no viven en la economía tradicional para obtener recursos de sus propios negocios, sino que obtienen recursos de sus cotizaciones en bolsa. Cotizaciones que van al alza cuando se anuncian negocios o supuestos beneficios futuros o se inventan las expectativas de futuros contratos, todo sin seguridad o certeza alguna de éxito. Estas grandes tecnológicas no tienen suficientes recursos para el desarrollo de esta carrera por la IA y están creando una burbuja donde su endeudamiento tan brutal se está escondiendo con trampas contables, creación de productos de ingeniería financiera, ocultamiento de balances y traslado de todo este riesgo a otros sujetos. ¿Qué va a pasar cuando la realidad contable se descubra y todo esto estalle? El peligro que acecha no es complicado de entender cuando uno mira nuestro pasado reciente. No podemos dejar de preguntarnos quién va a sufrir los costes externos de todo este nuevo negocio, quién decide sobre él, quién lo controla y quién va a pagar cuando falle. Luego, como en el pasado, querrán disponer de dinero público para cuando este modelo de negocio privado de la IA revele sus límites y estalle.

La inteligencia artificial ya hace tiempo que está transformando nuestro mundo para bien y para mal según qué casos. Lo que de verdad debe preocuparnos es que ahora mismo no hay mecanismos verdaderamente democráticos para que decidamos el cómo y en favor de quién queremos que esta IA cambie nuestro mundo. La IA, además, debe ser entendida como algo cuya esencia es la de ser un bien común. Lo que le da realmente un verdadero valor a la IA, su materia prima y con lo que entrena sus modelos, no es más que el conocimiento acumulado de millones de seres humanos a lo largo del tiempo. Nadie ha recibido una compensación económica, nadie ha pagado por ello ni ha pedido permiso alguno para usarlo. Que no se nos olvide que el acervo intelectual de la humanidad es de todos y por eso la IA es algo en cuya naturaleza lleva marcado el ser un bien común. Es inaplazable el evitar que los oligarcas tecnológicos hagan asumir a nuestros gobiernos y a nuestras sociedades que la apropiación privada de la inteligencia artificial es un hecho consumado. Es urgente tomar conciencia de que la IA va a condicionar el futuro de la humanidad y no podemos permitir que unos pocos la utilicen para su enriquecimiento privado a costa de todos nosotros.