La política de uno y otro signo político tiene una venda en los ojos para no ver los errores. Eso sí, las patadas y los insultos proferidos por los parlamentarios, están a la orden del día. Su sonoridad es bien patente, pero los políticos son muy cucos y se ponen tapones en los oídos para no oír los acúfenos, digo, las barbaridades que son más propias de un revoltoso e indomable patio de colegio. A este paso, la política se quedará más sola que la una y no serán votados por los disciplinados votantes, que esperan milagros, en donde los panes y los peces bíblicos brillan por su total ausencia. Si un parlamentario insulta, está cometiendo un grave error de urbanidad, porque la razón es sinónimo de claridad y buenos y compartidos deseos. El Parlamento viene de parla, o sea, hablar como Dios manda y no como catetos y mamarrachos, que defienden sus ideas con voces altisonantes. Sea moderado y no perro rabiosos con bozal. Si así ocurre me compraré una ristra de cohetes multicolores y sonoros, para celebrar la enhorabuena, aunque es un deseo anhelado que se está haciendo el rácano en hacer acto de presencia. Me llegan los ecos de la invasión de Ceuta, una provincia a la que quiero más que a las niñas de mis ojos.