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¡Iniesta de mi vida!

Aquel grito inolvidable de 2010 condensó el latido unánime de una sociedad unida. Hoy resulta impensable un “Ferran de mi vida” capaz de disolver nuestras trincheras ideológicas. Tras el gran triunfo, el foco mediático desplaza el mérito deportivo hacia el escrutinio partidista: se fiscaliza la frialdad de un saludo institucional, la vestimenta, el origen migratorio de una joven promesa, sus inversiones inmobiliarias o la cruz que ostenta en el cuello. Es desolador que la intromisión de voceros degrade aquello que debería levantarnos como sociedad, eclipsando valores invaluables para convertir el deporte en otro escenario de confrontación. Frente a esto, el magisterio de Luis de la Fuente nos recuerda que el verdadero triunfo brota de la entrega, la humildad y la solidaridad del colectivo. Como sociedad, debiéramos beber “de la fuente” de esa inspiración, celebrar la diversidad y la concordia por encima del dogma ideológico, para que el fútbol vuelva a iluminar nuestro camino común. Como dijo Salustio: “La concordia hace crecer las pequeñas cosas; la discordia arruina las grandes”. Analicemos la interesada polarización, y caminemos de nuevo hacia la unidad que nos hizo invencibles ante los demás y... ante nosotros mismos.