Inicio de una guerra

01 feb 2022 / 16:35 H.
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Tengo mucho en común con los dos bandos desdichados, desconfiados y pendencieros que piensan en cambiar el sino de nuestras vidas incluso, si todo se desmadra, de nuestro planeta. Para ir a una guerra nunca es el momento más oportuno, pero hay gente autoritaria e impulsiva, que andan buscando el aniquilamiento del adversario. Han decidido seguir adelante porque prefieren no ocultar el odio mutuo que se profesan. Ya no transigen con las críticas ácidas, ni con las afrentas a su moral imperialista que no piensan pasar por alto. Esto significa incidentes más graves que irán haciéndose más agrios y que desembocarán, si nadie lo remedia, en graves insultos a la dignidad ofendida de su contrincante, me temo que van a desencadenar el inicio de una guerra que nadie sabe cómo acabará. No se dan cuenta que aclarar este proceso prebélico mediante la diplomacia, aceleraría bastante el cambio positivo que se espera de estadistas de primero orden que están poniendo en riesgo el futuro de la humanidad. Me temo que se han invertido imprudentemente los valores del entendimiento mutuo y me queda la sensación de que todos podemos perderlo todo, razón por la cual, ruego y suplico desde este humilde medio de comunicación, que se proclame en nombre de la sensatez el deseo ferviente de acabar con la amenaza de guerra y que ambos contendientes devuelvan a la raza humana el modelo de convivencia pacífica que en el fondo todos deseamos. No creo que a nadie se le ocurra oponerse a un clamor popular que puede parecer egoísta y vanidoso porque, sencillamente, nadie tiene motivos fundados para desatar una guerra cruenta. La realidad puede variar ostensiblemente, pero si analizamos el enfoque del nuevo orden mundial, observo una imagen que genera escepticismo y una incapacidad manifiesta de lograr puntos de vista consensuados, no obstante, me siento extrañamente cómodo porque estoy convencido de que los razonamientos a favor de la paz son los adecuados. Quizá haya que aprender de los errores del pasado para que la palabra paz no pase inadvertida y la palabra guerra no favorezca, en modo alguno, la formación de un criterio insoluble de la realidad. Los hechos cruciales de la historia, no deberían pasar factura a este mundo descorazonadamente complicado. Barrunto que hay que hacer lo necesario para evitar la inexorable pérdida de vidas humanas. ¡Qué fatuidad! Vernos al borde de la incoherencia total que alcanzaría el nivel más alto de perversidad. Me gustaría afirmar que las vibraciones que percibo de este conflicto en ciernes, proceden de sensaciones esenciales como valorar el aire que respiro y oxigena mis neuronas, neuronas que solo entienden de la paz como factor indispensable para vivir. El tic tac firme, constante e imperturbable del corazón me dice que toda autoridad reposa sobre la razón y la guerra ni es razonable ni exige una obediencia ciega a quien la promueve. La rueda ha empezado a girar y todo se llena de incertidumbre y es que no estamos preparados para afrontar lo que se nos puede venir encima. Ojalá que este no sea nuestro annus horribilis. Ojalá que el poder destructivo, no sea mayor que todas las razones que se oponen al desorden económico y social que pueden desintegrar un mundo que sería más seguro si no existiesen especímenes que disfrutan con sus obsesivos juegos de guerra.



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