Llegar al pueblo. Farfullar ante la caída libre de maleta al pie. Esperar que crezca esa media uña, por el porrazo de la maleta, de la frase anterior. Cojear. Soplar a una araña. Asustar a una cucaracha. Descubrir una mosca sumergida tras un salto olímpico, con tirabuzón en tu yogur recién abierto. Visitar el baño, por una gastroenteritis. Bostezar. Soñar. Pasear. Celebrar un cumpleaños con noventa velas, beber con champagne francés y ver dos regalos idénticos. Observar un eclipse solar. Planear el verano próximo. Acabar la lectura de dos novelas. Tener una lavadora mágica que convierte una camiseta blanca en rosa. Comprar una colonia con aroma de limón pero que huele a pino verde, más goma de volante de coche de los años 90 cuando el aire acondicionado era una manivela. Gritar goles y no goles. Escuchar al camión de la fruta: Al rico melón, melones manchegos de cuatro y cinco kilos... Y que a la vez coincida con una llamada telefónica de trabajo de carácter importante e intentar silenciar el altavoz para que el interlocutor no oiga la cantinela siguiente: A la rica sandía roja como la sangre de toro. Del verano, el infinitivo es: empezar a disfrutar.