Hay una palabra que últimamente utilizamos demasiado: inevitable. La inteligencia artificial va a cambiar nuestras vidas. Desaparecerán empleos. Las máquinas harán cada vez más cosas que hasta ayer considerábamos exclusivamente humanas.
Y todo parece inevitable. Qué palabra tan cómoda. Porque cuando algo es inevitable dejamos de sentirnos responsables de lo que ocurra. En cualquier empresa de nuestra provincia puede estar produciéndose hoy una conversación aparentemente sencilla. Alguien descubre que una herramienta de inteligencia artificial permite hacer en minutos una tarea que hasta ahora ocupaba varias horas de trabajo. La primera reacción es comprensible: cuánto tiempo podemos ahorrar. La segunda pregunta debería ser bastante más importante: qué vamos a hacer con el tiempo que acabamos de ganar.
Podemos convertirlo en menos personas. O en personas haciendo cosas de mayor valor. Y esa decisión no la toma ningún algoritmo. El futuro de la inteligencia artificial no se está decidiendo únicamente en Silicon Valley. También se decide en una cooperativa de Torredelcampo, en una empresa industrial de Martos, en un comercio de Jaén o en el despacho de cualquier profesional de nuestra provincia.
Cada vez que alguien decide qué automatiza y qué no, está eligiendo una pequeña parte del futuro. Y convendría no esconder esa responsabilidad detrás de la tecnología. La inteligencia artificial no es una tormenta que se aproxima por Despeñaperros y ante la que solo podemos abrir el paraguas. Alguien decide. Decidimos qué trabajos sustituimos, cuáles mejoramos y cuáles reinventamos. Decidimos si utilizamos la tecnología únicamente para reducir costes o también para multiplicar capacidades. Decidimos qué datos entregamos, qué privacidad sacrificamos y cuánto criterio humano estamos dispuestos a delegar.
Incluso decidimos algo todavía más incómodo: qué capacidades dejamos de ejercitar porque una máquina puede hacerlo por nosotros. Y ahí quizá deberíamos empezar a preocuparnos. No porque la inteligencia artificial piense demasiado, sino porque nosotros podemos empezar a pensar demasiado poco. Jaén conoce bien lo que significa contemplar el futuro como si siempre viniera decidido desde fuera.
Quizá por eso la inteligencia artificial nos ofrece una oportunidad distinta: dejar de preguntarnos cuándo llegará el cambio y empezar a decidir qué queremos hacer con él. Porque un territorio no se queda atrás cuando una tecnología tarda en llegar. Se queda atrás, cuando llega y no sabe para qué utilizarla. La inteligencia artificial puede representar una extraordinaria oportunidad para una provincia como la nuestra. Para un agricultor que necesite anticipar una enfermedad del olivar. Para una cooperativa que quiera vender mejor fuera de España. Para una pyme que no puede permitirse determinados recursos. Para un médico, un profesor, un comercio o un emprendedor capaces ahora de multiplicar sus posibilidades. Pero utilizar inteligencia artificial no significa necesariamente progresar.
También podemos utilizar una tecnología extraordinaria para hacer más deprisa exactamente las mismas cosas que hacíamos mal. Ese es el peligro de confundir velocidad con dirección. Quizá por eso, antes de preguntarnos qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, deberíamos hacernos una pregunta mucho más antigua: ¿Qué queremos hacer nosotros con ella? Porque una máquina podrá calcular la rentabilidad de cerrar una oficina, pero no comprenderá por sí sola lo que esa oficina significa para un pequeño municipio. Podrá seleccionar candidatos en segundos, pero alguien tendrá que decidir qué clase de empresa quiere construir. Y podrá escribir incluso este artículo. Lo que todavía nos corresponde a nosotros es decidir por qué merece la pena escribirlo.
No me preocupa que la inteligencia artificial transforme nuestro futuro. Lo hará. Me preocupa que confundamos su enorme capacidad con nuestra obligación de elegir hacia dónde queremos ir. Porque quizá haya algo que sí debería ser inevitable: que el futuro, por mucha inteligencia artificial que contenga, siga siendo una decisión humana.