Resulta que yo soy artista y nosotros los y las artistas, para poder desarrollar, en nuestra época, las tareas creativas, nos vemos obligados a poner en funcionamiento eso que se ha dado en llamar “industrias culturales”. Y a través de estas factorías de ficciones, manufacturamos los productos nacidos de nuestra imaginación, y aspiramos a consolidar un mercado que sostenga nuestra creatividad. Y esa es la razón por la que tenemos un calendario muy apretado. Es muy importante la disciplina, para ello algunos de nosotros a veces recurrimos a imponernos horarios de estricto cumplimiento. En nuestro caso, en concreto, para poder desarrollar todo nuestro potencial artístico, comenzamos a las ocho en punto de la mañana dedicando las primeras horas del día a realizar, en ayunas, una tabla de contabilidad
Es fundamental para toda iniciativa cultural que se precie, tener las cuentas claras y esta exigente y compleja gimnasia matemática nos obliga a ejercitar la musculatura mental y a abstraernos de la realidad y de imbuirnos en el mundo ideal de las cifras y los cálculos, que es una cosa, eso de abstraerse, muy de los artistas. A continuación, cuando por fin hemos actualizado todas nuestras facturas emitidas y también las soportadas, (los asientos de la contabilidad y todo esa preciosa gimnasia numérica), toca ponerse al día con el tema de la distribución, y además hay que diseñar las estrategias de mercado, buscar nuevos clientes y afianzar los ya logrados, diseñar publicidad atractiva para nuestros productos, emitir notas de prensa, actualizar las redes sociales y todas esas tareas imprescindibles para dar visibilidad a nuestras producciones artísticas.
Después, llega el momento de la gestión pura y dura, las altas y bajas de seguridad social, los papeleos en materia laboral, las comunicaciones de clientes y proveedores, los contratos y las hojas de ruta, los múltiples deberes fiscales y tributarios, y también toca improvisar para resolver las mil y una tareas que van surgiendo en materia administrativa. Y el resto de la jornada laboral lo dedicamos a las relaciones con los distintos niveles de la administración. Las conversaciones con los diversos estratos de los entes públicos son complejas. En ocasiones hay que romper el hielo (del silencio administrativo) lanzándoles una solicitud en plan informal, y ellos te responden exigiéndote una conversación totalmente reglada con certificado electrónico y firma virtual de por medio, y sometiéndote a los caprichos y azares de la presentación telemática.
Tú expresas (a través de declaración responsable) tu deseo de establecer una relación con el sector público, invocas su ayuda y él te exige declaración formal acompañada de la memoria del proyecto a examinar por la comisión de valoración. Es complicado llegar a su corazón, pero en fin, tú insistes, le reformulas, e incluso intentas la subsanación, y algunas veces surge la chispa y comienza una relación compleja y absorbente que hace aún más ardua la jornada laboral.
Pues eso, que los profesionales de la cultura estamos volcados día y noche en todas estas gratas tareas. Y el resto del tiempo lo dedicamos a perfeccionar y a desarrollar la creatividad, y estamos muy felices disfrutando de eso que se conoce, a menudo, como “la vida bohemia y ociosa de los artistas”.