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Imposible silencio

No sé si les pasa, pero a mí, conforme cumplo años, se me va llenando la cabeza de voces. La mayoría de ellas me resultan familiares, pero hay unas pocas que me desconciertan, que me resultan desconocidas e ininteligibles. Sí, están las voces de mis padres, de mis maestros, de los amigos disfrutados en las distintas épocas de mi vida, de las novias que fueron, de las que pudieron ser, de los desconocidos hallados en las esquinas del azar con los que acabé recorriendo un trecho de mi camino hasta la primera e inevitable bifurcación. Las voces hablan y me repiten lo que un día o una noche dijeron por primera vez. A menudo me hacen sonreír, en ocasiones me hacen llorar. Siempre me hacen pensar. Ahora que ya no tiene remedio, ahora que no puedo regresar a ninguna parte, ahora que soy demasiado viejo para alistarme en la Legión Extranjera, mis voces cabalgan desbocadas por mi interior, aumentando el volumen para que apenas pueda dormir, para que me levante aturdido cada mañana y termine tropezando con la misma piedra, que, en verdad, nunca es la misma. Yo, para ser coherente, vuelvo a ignorar lo dicho por las voces conocidas, igual que haré con las otras voces cuando descifre lo que pretenden decirme. Mientras tanto, continuaré desvelado y atento.