En próximas revoluciones, uniré mis fuerzas a los defensores reales de la libertad, iré del lado de esos que luchan, se levantan, gritan y se desviven por mostrar su orgullo al liberar de su prisión los derechos inherentes al ser humano. Iré junto a los que tienen confianza en sí mismos y no reconocen otro deber que no sea el de complacer a sus propias ansias de libertad. La libertad de pensamiento ha de guiar la actividad de unos demócratas de los que se reconoce su inequívoca naturaleza y la base intrínseca de emociones que insuflan nuevas garantías democráticas como la fortaleza mental y una reflexión sagaz que abren paso a nuevos ciclos políticos que confieren expectativas reales y honrosos pretextos para seguir disertando sobre lo emprendedora que es la vida en una democracia que intenta alejarse de los focos de corrupción sufridos hasta ahora, pero que pueden volver con más fuerza y ampliar una crisis de valores impostados que dan pena porque ofrecen una engañosa familiaridad. Creo que costará mucho tiempo volver a encauzarlos hacia la normalidad, alejados de la voracidad desmesurada de esos mezquinos que no deberían complicarle el futuro a nadie y menos a un escritor que estuvo rodeado en su infancia de fantasmas que no lo dejaban vivir porque le hacían deambular por un mundo sembrado de una estrechez de espíritu lamentable, aunque al final de toda esta teatralidad fantasmagórica, hoy piense que resulta estimulante toparse con una excelente prosa apoyada en un lenguaje que contextualiza los sueños aún no realizados por parte de seres desamparados que son, lo creamos o no, la mayoría de la humanidad. Ni qué decir tiene que una situación como esa, nos transporta a una realidad nada edulcorada que es la misma a la que volveremos cada vez que renunciemos a la condición de demócratas responsables, al menos esa es la percepción que aún mantengo de unas emociones que en ocasiones me parecen de lo más elevadas y otras, de lo más retrógradas, según la exigencia ideológica del momento. Ya se sabe que para perder algo hay que poseerlo primero y el que está predestinado para ser demócrata, tiene que ganárselo, pero lo cierto es que, a cierta edad, nadie se cuestiona ese objetivo, porque comenzamos a revisar las antiguas convicciones y entonces caemos en el error de describir las cosas como debieron de ser y no como fueron en realidad. Por favor lector, intenta no agarrarte a una evidencia errónea: “Piensa en la gente que tiene por norma negar lo evidente para poder llevar razón y confundir a los demás”. Necesitamos razonamientos la mar de sinceros que permitan alejarnos de la parte violenta y salvaje de la naturaleza humana. Se me cae el alma a los pies con solo pensar en la posibilidad de estar a merced de alguien que puede inquietar a una salud anímica generalizada. Si soy terco como una mula y doy la impresión de que nado contracorriente, piensa lector que lo que hago es defender la postura de ese ser independiente que se molesta cuando alguien intenta organizarle la vida, o le hace perder el tiempo con un montón de planteamientos ridículos que descuellan por su mal gusto. Rechazo los bulos en los que incurren individuos que intentan apropiarse de mi voluntad con lo patético de sus posiciones extremas, que son imposibles de conectar con ellas, porque son ofensivas y afectan a un contexto moralista y democrático que debemos salvaguardar a toda costa.