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Hasta siempre, Mari Carmen

Para retomar esta columna tras el parón estival, había preparado un artículo sobre mis aventuras veraniegas, algo desenfadado que se pudiera leer con una sonrisa en los labios, pero la actualidad se ha impuesto, el mazazo que ha supuesto la muerte de Mari Carmen, la anciana que luchó hasta el último momento por evitar el desahucio, lo ha trastocado todo. Ella ha sido la punta del iceberg, el drama visible retransmitido en directo y que ha generado una ola de protestas y los asentamientos en las ciudades más importantes de nuestro país. Por fin los jóvenes se han dado cuenta de que nadie mejor que ellos para luchar por sus intereses, se han echado a la calle porque ya están hartos de no poder independizarse de sus padres hasta edades avanzadas. En el futuro, desean tener una casa a la que poder llamar hogar, sin miedo a que les suban el alquiler de forma abusiva o a ser desahuciados. En esta sociedad inhumana e inhóspita que se alimenta del odio y la envidia, que ataca al débil —cuántos insultos ha recibido Mari Carmen a través de las redes sociales— es esperanzador ver que un rayo de luz se abre paso, que los jóvenes, en cuyas manos está nuestro futuro, aún conservan.