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Haciendo el agosto

Me he levantado de la cama buscando una oración que se comprometa a hacer de la muerte un lugar mejor, el sitio al que cualquiera de nosotros se iría a vivir en determinadas circunstancias, aunque esto último constituya un imposible sin solución. Algo parecido a esas casas que vemos construir partiendo de su tejado y que, pese a nuestros malos augurios, terminan convirtiéndose en un hogar; o a esas piedras que pateamos en los caminos: casi siempre olvidamos que lo hacemos en ambas direcciones, en nuestros viajes de ida y de vuelta, y que por eso continúan ahí, formando parte de los caminos, aun cuando nosotros hace mucho que dejamos de transitarlos. Una oración que alcance sin problemas la otra orilla y que, desde allí, alguien me la devuelva, la prueba irrefutable de que todo es mentira, menos tú.

Amanece raro, como si en realidad se tratara de un lento atardecer. Y en las escamas de los peces que trae hoy el pescadero se pueden leer nuestros nombres. Me gustaría comprárselos todos, congelar el momento previo a su captura y escribir con el resto una historia que les permita seguir en el agua. Como esas flores que metemos en jarrones, pero con un sistema mucho más avanzado, con un cable que las conecte a tierra. Y prescindir del futuro que no suma, que gastamos en tonterías o incluso durmiendo, y computarlo por unos recuerdos capaces de anudarse a otro futuro que se preste a ser vivido sin chantajes, a nuestro libre albedrío. Eso también me gustaría mucho. En lo que va de día he aprendido que he de esperar a que se acabe agosto para echar en falta su bullicio, justo lo que ahora enturbia mi rutina. O lo que es lo mismo: que con nada consigo sentirme plenamente satisfecho y que no son las tres o cuatro decenas de turistas que, con la fresca y a la caída de la tarde, salen a dar su paseo, ni la soledad ni el silencio que se imponen en la aldea cada vez que llega septiembre, que soy yo el único armador de mi desasosiego. Habrá a quien le parezca poco; a mí, que tiendo a distraerme ante soberanas estupideces, se me antoja un fantástico principio con el que tratar de reconducir el rumbo. Y tanto que, por primera vez en semanas, me acerco a la mesa de comer con hambre.

Me advierten que los tomates son de invernadero, porque a los que se crían a cielo abierto todavía les faltan algunos días de maduración. El hándicap de la altura, del temor a las heladas, que retrasa su siembra hasta un punto en el que en Linares ya se recogen a manos llenas. Y ahora toca rezar para que ninguna de las tormentas que se avecinan traiga granizo. Queremos que llueva por los “guíscanos” y las secas, pero bien, sin hacer daño. Lo mismo que nos ocurre con el resto de cosas: las queremos siempre que nos hagan bien y no daño. Volviendo a los tomates: tal vez ahí radique uno de sus principales y grandes secretos: requieren idéntico esfuerzo al que realizan los agricultores en el llano y, en cambio, las probabilidades de fracaso, por razones que se nos escapan, son muy superiores. Antes de que nos venzan las ganas de siesta, bajamos a la charca. Son días para eso y hay que aprovecharlos. Algunos niños se tiran a bomba y algunas de sus madres les piden que no lo hagan tan fuerte —como si eso fuera posible—; otros se entretienen jugando a la pelota y algunas de sus madres les convidan a que busquen un sitio en el que no molesten a nadie —como si eso fuera posible—. A priori, un infierno. Pero el agua está fresca y los niños que hoy nos dejan sin tranquilidad son los mismos niños que, a poco que empiece a mediar septiembre, echaremos en falta a consecuencia de tantísima tranquilidad. Y esa certeza ineludible nos incita a disfrutarlos.

Y, por último, la cervecita en la puerta de casa con el resumen de lo hecho y de lo que nos queda por hacer: pintar la alacenilla, las humedades de la cochera, decir lo que pensamos, aunque no nos convenga, y sumarnos al rezo que clama por un buen final para los tomates que maduran al raso. Mañana podríamos ser nosotros.