Después de un invierno bastante generoso de esa suave y deseada lluvia que tan necesaria era para nuestros campos agostados por la pertinaz sequía, ha llegado la amena primavera que estamos disfrutado con alegría viendo cómo han brotado las plantas, han florecido los árboles y el verdor de la hierba salpicado de amarillo por los jaramagos y rojo de amapolas domina el paisaje. Los olivos tienen un renovado vigor y su flor ya granada está alfombrando el entorno con la promesa de una nueva cosecha. Esa es la vida que hay en nuestra tierra y mantenemos la esperanza de gozar de ella un año más, a pesar de que estamos rodeados de otra realidad muy distinta a nivel nacional y el horizonte está ensombrecido por hechos que amenazan al mundo de manera global.
Es el momento preciso en el que resulta muy poco edificante ver cómo la presunta corrupción de conspicuos representantes de la clase política, pertenecientes a diversos partidos, están siendo juzgados en los tribunales. Y asombra todavía más la sensación de que los corruptos son impunes, porque en algunas ocasiones, una vez juzgados y condenados son absueltos en un tribunal superior y si no lo consiguen así, recurren a pedir el indulto e incluso la amnistía que les es concedida por su pertenencia a la casta. Por no hablar de aquellos que logran la impunidad dilatando los trámites y el juicio hasta llegar a una edad o situación médica que hace posible no ser juzgados. Esta sensación de impunidad de los representantes políticos erosiona la confianza ciudadana, no ya en la justicia que siempre acaba haciendo su trabajo, sino en la igualdad ante la ley de los ciudadanos de a pie y los políticos. Para colmo de males, mientras soportamos esta negación práctica del sistema democrático que parece no tener remedio ni fin, se nos exige a los ciudadanos ponernos al habla con Hacienda para preparar, presentar y pagar la declaración de impuestos anual. Y entonces sucede que nos preguntamos si ese dinero se va a invertir en mejorar la sanidad en la medida de lo posible, incrementar la calidad de la educación pública a todos los niveles, construir viviendas sociales que se adjudiquen a las familias más necesitadas, construir carreteras e infraestructuras que hagan posible comunicarse y desarrollar la industria y el comercio y demás asuntos de utilidad pública. Pero en Jaén, lo que ve el ciudadano es que las carreteras son insuficientes e intransitables, sólo hay que echar un vistazo a la A4, A44 y otras comarcales para ver baches, badenes y demás trampas aptas para cazar elefantes, que la A32 sólo llega hasta Villanueva del Arzobispo y sigue siendo un sueño irrealizado de comunicación directa con Levante, que no hay presupuesto para financiar la universidad pública (UJA) y está en cuestión su supervivencia, que no existen conexiones ferroviarias de calidad ni intención de hacerlas y que el paro obrero no es solución de futuro.
Ante esta situación, el ciudadano se siente estafado y continúa con la declaración de Hacienda pensando que ese esfuerzo fiscal que hacemos todos se va a gastar en el mejor de los casos en ceder y pagar competencias, concesiones y privilegios a los independentistas, malversando algún resto más que apreciable para disfrutar meretrices u otros vicios inconfesables y enriquecer a los corruptos que pululan por esos ministerios, consejerías y demás zahurdas gubernamentales donde hozan inútiles paniaguados que con boquita de piñón y militancia ciega consiguen ir en las listas electorales y chupar del bote de por vida.
Por otra parte, vivimos en un mundo que dedica dinero a la guerra y esa es la mejor vía que conoce el hombre para destruir riqueza y vida, esa riqueza que sale de nuestros impuestos y esa vida que tenemos pendiente de un hilo porque hay que tener ejércitos para hacer la guerra.
Siento mucho hacer esta reflexión, pero hoy estoy trabajando para pagarle a Hacienda y con el panorama que describo tengo cierto malestar, porque intuyo que Hacienda no somos todos. Quizás debería dejar lo del IRPF durante el fin de semana y salir al campo a disfrutar del polen del olivo que también es parte de esa flor que promete ser aceite. Que así sea.