Hacer el bien

    24 mar 2026 / 08:29 H.
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    Hacerlo bien es sinónimo de tener éxito”, escucho afirmar al profe de inglés que, este curso, da clases de refuerzo a la chavalería del pueblo en la planta baja de la biblioteca en la que trabajo. Y, para mi suerte, lo hace en castellano. Estoy de paso y desconozco de dónde proviene el asunto; no obstante, por cómo prosigue, me aventuro a entender que tal aseveración, lejos de pretender erigirse en otro dogma motivador, únicamente justifica el emparejamiento de dos expresiones, una especie de juego mediante el cual el aprendizaje de otra lengua cuente con cierta dosis de diversión y dinamismo. Sea como fuere, a mí ahora esa afirmación: “Hacerlo bien es sinónimo de tener éxito”, se me antoja un buen casamiento, el mejor de todos los posibles e imaginables, porque conforma un sistema que, con solo conducir la cuchara a la boca, permite a los protagonistas de la proeza sentirse victoriosos, en una cima. ¿Y quién no hace algo bien, aunque ese algo se circunscriba a lo meramente esencial y primario?

    Cierto, lo meramente esencial y primario no suele conllevar aplausos, ni siquiera felicitaciones, a no ser que atañan a las primeras veces de un largo camino: la primera vez que le pedimos a mamá o a papá que nos acompañen al baño, porque tenemos ganas de hacer pipí o popó, muchas, muchísimas ganas de hacer pipí o popó; o la primera vez que no nos despedimos de ellos con un berrinche en la puerta del colegio; o la primera vez que claudicamos, que asumimos que el mundo no es más que una interminable sucesión de renuncias, de elecciones y de aguantarse las lágrimas, aunque la caída nos duela de veras y mucho. Incluso la primera vez que sonreímos y que decimos “Te quiero” se abre a ser celebrada, como si también formara parte de un aprendizaje y cada sonrisa y cada declaración de amor no resultaran suficientes para detener el mundo, la interminable sucesión de renuncias, de elecciones y de aguantarse las lágrimas, y todo se redujera a seguir para adelante, a seguir caminando. En definitiva, fuera del meritorio intento del profe de inglés por conseguir cierta dosis de diversión y dinamismo en sus clases, hacerlo bien —por lo general— solo nos asegura la obtención de un éxito caduco y doméstico y que, como mucho y conforme vaya pasando el tiempo —nuestro tiempo—, se prestará a transformarse en esas palmaditas en la espalda que parecen ejercer como su estricto hermano mayor.

    Existen otras variedades de éxito y algunas de ellas, justamente las que mejor y más nos venden, porque se presentan envueltas en loas y dinero, no siempre se deben a que se hagan bien las cosas. Eso ayuda mucho, claro, y, aunque no nos coloca en ninguna cima, sí que nos sitúa al menos en su senda. Pero —de nuevo por lo general— un éxito de esa ralea, grande, imperecedero, glorioso, nos va a requerir un esfuerzo titánico y que este, además, esté tocado por la suerte, por una suerte loca, para no quedarse en la nada más absoluta. Pese a que esa nada tan absoluta, lejos del baremo que establece qué se halla dentro de lo normal y qué se aúpa hasta lo extraordinario, sea justo lo que nos da de comer o lo que alimenta nuestros ratos de ocio, nuestras dosis de diversión y dinamismo. No sé, quizá la solución a este monotema absurdo que me he montado radique simplemente en redefinir el éxito o, cuando menos, en amplificar un buen trecho su radio de acción; dejar de incidir tanto en ese balón que se sale un palmo por encima del travesaño o en ese otro que no entra en la canasta, después de pasearse por el aro, y señalar y significar más la mera posibilidad de poder patear o lanzar la pelota; traducir, a cuantos idiomas conozcamos, que así como hacerlo bien no es sinónimo de éxito, tampoco hacerlo mal lo es de fracaso; y, sobre todo, explorar vías alternativas. Porque hay una de la que hablamos muy poco, poquísimo, y que promueve un tipo de éxito que nos concierne a una inmensa mayoría: hacer el bien.

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