Hablando de cine
Imaginen por un momento que, guiado por esa irrefrenable condición de Calígula a la que ningún organismo internacional ha sido capaz de poner en su sitio, a Trump se le ocurriese dirigir sus misiles hacia nuestro país para castigar la deslealtad de Pedro Sánchez. Seguramente, si uno de esos obuses alcanzase mi calle, sorprendería a más de un vecino retuiteando mensajes de la propia factoría ultraconservadora, mudando las macetas de balcón, codicia de las grajas, o, quién sabe, pulsando la hora del pecado en la infame parrilla del televisor. Sea como fuere: tirios y troyanos bajo el mismo escombro en el alud perverso de los crímenes impunes.
Si un tomahawk made in USA cayera uno de estos días sobre mi cabeza, con la vocación de aquel que lo hizo sobre las ciento sesenta y ocho niñas que probablemente atendían el dedo de su maestra sobre alguno de los fascinantes mapas de la truculenta historia reciente de Persia, me cazaría ensimismado en el volumen con la poesía reunida del poeta Juan Carlos Mestre, recién editado por Galaxia Gutenberg. Casi mil quinientas páginas conforman su Asamblea, con un alucinadísimo poema al frente de Antonio Gamoneda, en impecable papel de una biblia civil donde la vida se descalza sola, como en un luminoso mausoleo de todo cuanto la inteligencia colectiva ha ido dejando en veleto, presa de sus servidumbres. Turbulencia en el desabrigo de la intemperie ética bajo la que fuimos abandonados cuando la serpiente puso una nueva manzana en la gota de frío que acechaba la usura en las finanzas negras del nuevo siglo. Nadie imaginaba en aquellos veinte del XX, como ahora, que los autócratas que mandaban peinar las crines de las bestias iban a provocar que la vergüenza descendiese “sobre las antilogías precintadas por la costumbre y las formas puras de la geometría y la lógica”.
Mestre erre que erre desde hace más de cincuenta años, aquí que sigue, resistiendo, con su taladro involuntario y místico contra la endurecida apostasía de la conciencia posmoderna por toda forma de esperanza, barrenando la consecuencia política entre imagen y significado, posibilidad y deseo, sublevación y memoria: en su escritura las palabras desobedecen la semántica que las alineó con la inocuidad en el pragmatismo de la barbarie y sus cánones de enterramiento para toda víctima necesaria: “No es consolación la poesía: es una presencia crítica, activa, inmiscuida en los resortes de la razón para seguir diciendo no a todo aquello que el poema por su propia naturaleza expulsa de las dicciones del mal”.
Visionario sin escrúpulos, el poeta que se precie —así nos lo enseña el artista berciano— ha de habitar la difícil interlocución de un lenguaje que ya ha sido infectado por lo que nombra, antídotos de lo real, en tanto “las palabras borradas del ángel en conversación con el cuervo” curan en el miedo los discursos de la casa común y el sueño de una prosperidad limpia, sin “el paisaje de la astucia cubierto de cadáveres”, que no puede sobrevivir balanceándose en el delicado calibre moral que delimita la frontera entre la responsabilidad propia y ajena ante lo que aparece como una irremediable amputación en el centro mismo del derecho a la felicidad humana.
Conocí a Juan Carlos Mestre en una de sus primeras asomadas por Jaén. Éramos otros en la trastienda de la taberna Gorrión los que charlábamos y reíamos mientras el poeta perfilaba con vino los rostros venecianos que regala generosamente en sus dedicatorias. Entonces no sabíamos “si en 1920 había chevrolets en Cuba” ni que Guadalupe Grande coquetearía con la nieve en el bolsillo imprevisto de la noche. Tampoco la poesía era asunto para jardines desiertos ni la violencia tenía tanto tirón ni presumía de papel de sitio en el costal de las devociones demoscópicas. Del avance inédito de El ciprés descapotable: “ándate con pies de plomo, las cortesanas te hacen guiños y hay trampas para osos alrededor de las colmenas de la morgue”.