El discurso del papa León XIV en el Congreso a diputados y senadores fue seguido de siete minutos de generalizados aplausos de los asistentes puestos en pie; al parecer debió gustar mucho a todos o lo pareció. Me inclino a pensar que cada uno oyó lo que quiso y no la integridad del mensaje que es coherente e indivisible, un canto al humanismo cristiano y resumen de la doctrina católica sobre el hombre creado por Dios a su imagen y la prioridad absoluta de su dignidad, que lo acompaña siempre de la concepción a la muerte y en todo lugar; los migrantes precisan control, vías seguras —¡las mafias!— y acogida. La alocución papal es difícil de aceptar desde las ideologías, pero mereció el respeto. Habló sin ambages de la unidad de España en su diversidad; del bien común que es “la forma social de la dignidad humana”, distinto de la suma de intereses particulares; de la familia. ¿Desde cuándo no se oía hablar así en el Congreso? Denunció la crisis espiritual: la violencia, polarización, desconfianza; la pluralidad no debe degenerar en la descalificación del adversario. Una profunda lección de sentido común o altura de miras que acabó con el último aplauso. Por desgracia, ya se ha olvidado.