Cuánto tiempo ha pasado desde que yo era niño! Entonces jugábamos mucho en las no asfaltadas calles de Úbeda que, en realidad, eran nuestra escuela y diversión. Aún recuerdo, cuando vivía en la calle Llana de San Nicolás con mis amigos (Tomás, Miguelito, Antonio, Miguel...), y emprendíamos guerrillas —a pedradas— con otras pandillas de niños (las niñas por entonces no jugaban a eso) de otras calles o territorios, siempre defendiendo nuestros intereses y patrimonio, parapetándonos en nuestro castillo imaginario que era el antiguo pilar abrevadero —ya desaparecido— con la plataforma que lo rodeaba. Por cierto que, una vez, me hicieron una buena brecha en la frente y le dieron un buen susto a mi madre cuando me llevaron a casa accidentado y echando sangre. Era la inocencia y la candidez de esos años, sin prever que podían haberme dado en un ojo y dejarme tuerto para toda la vida. Y es que, aunque nos quejemos, hay que tener suerte en la vida. Ahora, de mayores, estamos viendo y padeciendo las muchas guerras injustas que por el globo terráqueo se están produciendo continuamente. Son guerras vecinales a lo grande y con mucha más mala leche y espurios intereses. ¡La testosterona que no cesa en toda la faz de la Tierra...!