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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Geografía del descanso

Los campos de cereal de la Sierra de Segura tienen estos días el color de las cosas que están a punto de cambiar. Desde la carretera, las espigas se ondulan bajo el viento de junio. El aire huele a grano maduro y a verano recién estrenado. Dentro de poco llegarán las cosechadoras y la tierra quedará expuesta al sol. Después vendrá el barbecho. Durante meses parecerá que nada sucede. Sin embargo, bajo la superficie la tierra recompone sus fuerzas y se prepara para una nueva siembra. Siempre me ha fascinado la sabiduría heredada de los agricultores, esa forma de aceptar los ritmos de la tierra sin intentar forzarlos. Sabían que la tierra no puede producir de forma indefinida. Llega un momento en que necesita detenerse para volver a dar fruto. Quizá por eso, cuando se acercan las vacaciones escolares, pienso a menudo en el barbecho. O quizá no sea el barbecho lo primero que recuerdo, sino el olor a siega de los veranos de mi infancia, cuando el final del curso y la llegada del calor sofocante anunciaban semanas de trilla y paja. Los primeros baños en el río, el olor a junco y alga, el sabor del pan con chocolate mientras te secas al sol. El verano comenzaba mucho antes de aparecer en el calendario. Quizá por eso sigo asociando el final de cada curso a aquella transformación del paisaje. Mientras los libros se cerraban, los campos comenzaban su propia cosecha.

Un curso escolar es mucho más que una sucesión de clases. Llegamos a junio con la sensación de haber recorrido una travesía. Han sido meses de madrugones, de cafés tomados deprisa antes de que suene el timbre, de recreos recorriendo el patio, limpiando mocos y secando lágrimas, resolviendo conflictos y escuchando historias que guardan universos. Porque enseñar consiste en explicar gramática, matemáticas o ciencias, pero también en conseguir que un aula entera se reconcilie y sea capaz de trabajar en equipo. La recompensa llega de los más pequeños, justo al entrar al aula por las mañanas. Niñas y niños que esperan impacientes regalarte un dibujo que han hecho en casa. Deseosos de contar lo que sucedió la tarde anterior. Otros llegan preocupados, pero pronto se olvidan de la tristeza y ríen a carcajadas. Algunos aprenden con facilidad y otros necesitan recorrer caminos más largos para alcanzar la meta. Encontrar la llave adecuada para conectar con cada uno consume energía, pero merece la pena recorrer esa senda. Terminamos el curso cansados de una forma diferente.

Por eso las vacaciones son tan importantes. Me gusta compararlas con la tierra en barbecho porque, vistas desde fuera, pueden parecer un tiempo improductivo. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Mientras desaparecen los horarios, los despertadores y la urgencia de llegar a todo, algo empieza a recomponerse en mi interior. Poco a poco vuelvo a leer sin mirar el reloj, a caminar sin prisa y a conversar sin pensar en la tarea siguiente. El cuerpo afloja la tensión acumulada durante meses y la cabeza deja de correr por delante de los días. Basta cambiar de paisaje para comprenderlo. El primer baño en el mar, el olor de los pinos después de una caminata por la montaña, una plaza desconocida donde sentarse sin mirar el reloj, una sobremesa que se alarga porque nadie tiene prisa. Son momentos sencillos, pero me recuerdan que existen otras formas de habitar el tiempo.

Por eso siento una profunda tristeza cuando pienso en quienes no pueden permitirse ese paréntesis. Personas que enlazan un año con otro sin salir nunca de los mismos escenarios, sin contemplar un horizonte diferente, sin disponer de unos días para tomar distancia de aquello que les preocupa. Como si la vida avanzara sin ofrecerles la oportunidad de respirar antes de comenzar de nuevo. Mi padre era agricultor y repetía a menudo que la tierra que nunca descansa, termina agotándose. Lo escuché decirlo muchas veces mientras observaba los sembrados o calculaba el momento de la siguiente siembra. Entonces creía que hablaba del trigo, de la cebada o de los olivos. Con los años he comprendido que también hablaba de nosotros.