Garapullos ideológicos

29 oct 2020 / 10:00 H.
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La verdad es que con los años nos ponemos un poco “adorros” a la hora de soltar rollos a los más jóvenes. Pero tampoco estaría de más atender a los consejos de los mayores, que suelen ser bastante fiables, no ya por la experiencia que aportan —que también— sino porque a estas alturas de la vida no les va ganancia alguna en ello. Y por eso, con afecto intergeneracional, a los jóvenes de hoy día, ya que no van a poder salir de noche en algunos meses, les diría que en lugar de dejarse llevar por los que quieren revisar nuestras “transiciones” aprovechen el tiempo para llevar a cabo la suya propia. Se abre un futuro incierto que les va a tocar diseñar, dirigir y organizar, que obligará al descubrimiento de nuevas formas de progreso y de convivencia solidaria. Pero deberían tener cuidado, y no empezar a tirar todo lo viejo por el hecho de serlo. Cuidado con despreciar ritos, creencias, costumbres y tradiciones heredadas porque en ellas está la clave de nuestra/vuestra civilización y los valores fundamentales de su permanencia milenaria. O con pensar que somos más civilizados que nuestros antepasados por ser más nuevos o más “progres”, porque no va por ahí la cosa. A cada uno le toca su tiempo, que no puede entrar a juzgar sin haberlo vivido. Hay que ser críticos con lo que pasa más que con lo que pasó. Por eso, ahora que vamos a entrar otra vez en los corrales, deberíamos estar atentos vaya que desde las barandillas del poder, aprovechando la impunidad del encierro, se nos vuelvan a colocar los garapullos ideológicos para excitar el enfrentamiento entre nosotros. Si hay que debatir ideologías que sea cuando nos suelten, a campo abierto o en la plaza donde nos podamos defender. Aparquemos la estrategia del rencor, venga de donde venga, y rechacemos las tentaciones de una nueva censura aunque se justifique precisamente como protectora contra el odio. Especialmente si va a ser ejercida desde el gobierno, durante un estado de alarma y por quien entró en el Congreso no precisamente dando la mano sino levantando el puño. Ya antes de la transición política que la supuesta izquierda quiere ahora cuestionar, muchos de los que nacimos y vivimos en tiempos de “la oprobiosa”, tuvimos que hacer la otra transición. La interior. La personal. Esa transición íntima y reflexiva que cada uno de nosotros que —nacimos y vivimos en el “Régimen”— fuimos capaces de hacer rebelándonos contra lo intolerable y aceptando lo aceptable. Éramos nosotros mismos los que forzábamos, ya desde muy jóvenes, y por poner un ejemplo, que la misa no fuese obligatoria, que hubiese en el pueblo la “casa de la juventud” que el alcalde negaba o que las verbenas fuesen populares. Los que buscábamos libros prohibidos o canciones protesta. Los que tuvimos que revisar nuestra propia sexualidad, salvar censuras con imaginación y buen humor, cuestionar dogmas impuestos o recomponer la idea de cómo ser cristiano el que no quería dejar de serlo. No os dejéis engañar, la transición de la dictadura a la democracia llegó porque hubo una transición ética y personal anterior de la mayoría de los españoles y porque —a diferencia de lo que ocurría en las dictaduras comunistas— siendo cierta la falta de libertades políticas también lo era que España estaba viva económica, social y culturalmente. No hubo ruptura porque no quisimos que la hubiera.



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