Si no sonara pretencioso, podríamos hablar del fútbol como sistema en tanto se hace un juego de asociación y combinación, propiciado por los centrocampistas y sublimado por el rondo famoso que nos trajo Cruyff. Y no es retórica; no se trata de once estrellas sueltas, sino de un mecanismo sincronizado donde el pase no es un fin, sino el medio para desordenar al rival. Esa triple P —posición, posesión y presión— exige una inteligencia colectiva que agota mentalmente al contrario antes que físicamente a nuestros jugadores. La clave está en la elección de unos jugadores que sepan interpretar el juego y, por tanto, entender que el gol es una consecuencia de la posición, la posesión y la presión, indispensables para que el fútbol sea total, como el que realiza España. La mayoría de los equipos apuestan por el patadón a la espalda de los defensas contrarios y echar a correr a las liebres del equipo para llegar antes que los defensas y procurar marcar, solos frente al portero. Fuerza y velocidad: una escasa y pobre estrategia. Por eso España pudo asfixiar y anular a Portugal, a Francia o a Argentina y alzarse con el campeonato mundial. El fútbol triunfó sobre el no fútbol, la inteligencia sobre la fuerza, la complejidad frente a la simplicidad.