Las noticias se suceden a un ritmo frenético, de la visita del Papa hemos pasado al mundial de fútbol sin apenas tiempo para digerirlas. La guerra en Irán y en Ucrania, la imputación de Zapatero, el juicio de la Kitchen, la invasión del Líbano por parte de Israel y tantas miserias más. No parece que vayamos a tener un verano tranquilo, de los de antes, en los que el mundo se detenía en agosto, se bajaban las espadas y todos a tostarse bajo el sol de la playa. Todo apunta a que seguirá la polarización y los insultos, a que no habrá descanso en las descalificaciones hacia el contrario. El mensaje de paz e integración de Benedicto XVI se ha disuelto entre los goles de Messi y el empate de España ante la modesta selección de Cabo Verde, que eso sí que es un tema interesante y no el de las pateras que llegan a Canarias. La prioridad nacional se abre paso frente la solidaridad con los más necesitados, aquellos que llegan con las manos vacías y los ojos anegados de lágrimas por lo dejaron atrás. Los mismos que cuidan de nuestros ancianos, hacen los trabajos más pesados del campo y limpian nuestras casas, pero que forman parte de una casta inferior solo porque no tienen papeles que demuestren que son personas.